Especial de la Ciencia- No hay éter, solo vacío

Autor: Esteban Soní Rico

Galaxia espiral, M106, estrellas, telescopio espacial Hubble, de la NASA


Actualmente es fácil hablar del espacio exterior y el vacío que hay en el universo, pero ¿sabes que esto es en realidad muy reciente?



Un problema que tuvieron los primeros filósofos, empezando por Tales de Mileto, fue responder a las preguntas: ¿qué es lo que sostiene a la tierra?, ¿qué es lo que impide que caiga al vacío o lo que sea que es el Universo?, y para ello se ensayaron distintas respuestas con los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y aire. Pero fue Aristóteles, en el libro De Caelo (Sobre el cielo), quien postula el éter (αίθηρ) como un quinto elemento en el que, de alguna manera, “flota” la tierra para no caer y la mantiene en su lugar.



La teoría de Aristóteles acerca del éter fue tomada por los científicos posteriores, incluso en la modernidad continuó una noción similar, pues no se concebía que la Tierra, el Sol y las estrellas estuvieran “flotando” en el vacío sin caer. Descartes, por ejemplo, pensaba al Sol rodeado de un “río de materia” en el que “flotan” los planetas y dan vueltas a su alrededor, materia a la que llamó éter y que, si bien no era exactamente la misma idea de Aristóteles, sí tenía cierta similitud. De igual manera Newton, junto con Clarke y Leibniz utilizaron la noción del éter para sus explicaciones sobre el universo.



Aún en el siglo XIX, después de la teoría electromagnética y de los experimentos de Maxwell para comprobar el medio de transporte de la luz entre el Sol y la Tierra, los científicos seguían preguntándose por el tipo de materia que estaba entre los planetas y las estrellas, y cómo permitía a la luz viajar tan rápido. De acuerdo al pensamiento científico del momento todas las ondas necesitaban de un medio para transportarse, por lo que no resultaba arriesgado pensar que la luz también necesitara de uno. Esto hizo teorizar sobre un medio elástico (es decir, muy rígido) y muy sutil (transparente), al que llamaron: éter lumifero.



No fue sino hasta unos años después, entre 1881 y 1887, que los científicos Albert Michelson y Edward Morley decidieron hacer un experimento para conocer la velocidad y dirección del éter. Para su experimento, idearon un instrumento que funciona con lentes, espejos y sensores colocados de manera cruzada (Interferómetro de Michelson). El interferómetro debía calcular la velocidad de la luz cuando se apuntaba en direcciones perpendiculares, ya que, de manera teórica habían calculado que, si la corriente del éter fluía en una dirección, y se apuntaba la luz hacia lados perpendiculares (por ejemplo, un rayo de luz al norte y otro al este), uno de los dos iría más rápido y otro más lento, pues uno tendría “la corriente del éter” a su favor.


Interferómetro de Michelson


Para sorpresa de la comunidad científica, el resultado del experimento fue que, sin importar hacia dónde se apuntara el interferómetro, la velocidad de la luz seguía siendo igual, por lo que no había una corriente de éter o un “viento de éter” como le llamaban. Estos resultados llevaron a concluir a finales del siglo XIX, que posiblemente la Tierra, el Sol y todos los planetas y estrellas, flotaban en el vacío y no en algún tipo de materia llamada éter como se había pensado desde la antigüedad.



Ahora bien, los resultados de Michelson y Morley no pusieron el punto final al éter, sino que fue la teoría de la Relatividad Especial la que lo hizo. No obstante, el experimento del interferómetro sí que fue escencial para darle un punto de partida a los cálculos posteriores de Einstein.



¿Y tú, qué estarías dispuesto a cuestionar o probar de todo lo que el pasado tiene para darte? ¿Qué cosas puedes retomar y seguir utilizando, aunque sean ya antiguas? Lo antiguo y lo obsoleto no son sinónimos.


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Un diagrama sobre Aristóteles, De Caelo (Sobre el cielo). Prueba de la forma esférica de la superficie del agua. Viena, Österreichische Nationalbibliothek.


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