La música del sordo

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Hoy escucharemos una de las sinfonías más conocidas. La creación de un hombre que cambió la historia de la música sin poder escuchar sus resultados.


Una página del manuscrito original de la 9° sinfonía de Beethoven


Durante 10 años, y ya sordo, Ludwig van Beethoven sufrió sobre cada nota de la composición de su novena sinfonía. Tan sólo en sus cuadernos se encuentran más de 200 versiones diferentes de un solo tema: Oda a la alegría. Esta parte, basada en un poema de Schiller del mismo nombre, la convirtió en el pivote que terminó el periodo Clásico e inició el Romántico. Así es, un sólo hombre cambió la historia de la música para siempre. Cuando por fin la terminó, sabía que era una creación radical. En parte sinfonía y en parte oratorio, de larga duración, con un orden inusual y con una multitud sobre el escenario, rompía con los cánones establecidos hasta ese momento.



Poner voces en una sinfonía era inaudito. Sabiendo el reto que implicaría para la audiencia, Beethoven insistió en que el estreno de su novena sinfonía fuera en Berlín, no en Viena. Durante años, había criticado el nuevo gusto de la audiencia vienesa, que ahora consumía óperas de Rossini y otros compositores italianos. Las consideraba comedias ligeras que sólo complacían los gustos simples y populares. La amenaza de estrenar en Berlín fue tan seria que se necesitó una petición firmada por mecenas, amigos, financieros y los intérpretes más prominentes de Viena para que Beethoven cambiara de opinión.



Beethoven reunió una orquesta enorme para la época y reclutó, entre otros cantantes, a Caroline Unger para cantar las partes de contralto. Sólo tuvieron dos ensayos completos antes de su estreno el 7 de mayo de 1824 en el Theatre am Kärntnertor de Viena. Para entonces, Beethoven estaba completamente sordo. Aun así, insistió en participar, si bien no como director, como apoyo para indicar los tiempos al director oficial, Michael Umlauf. Consiente de la sordera de Beethoven, Umlauf les dio instrucciones a los músicos de ignorar las indicaciones del compositor durante el estreno. Frente a un teatro lleno, comenzó posiblemente la sinfonía más grande jamás compuesta: la cumbre de sus logros, una celebración de la humanidad. Y, sin embargo, el propio Beethoven nunca la escuchó. Cuando terminó la música, aparentemente Beethoven todavía estaba dirigiendo. Caroline Unger, lo tomó del brazo y le hizo girar para ver una audiencia que aplaudía de pie. Un aplauso que nunca escuchó para una sinfonía que sólo sonaba en su cabeza.



La novena de Beethoven no sólo es un éxito de ventas cuando se interpreta en salas de concierto, sino que también es un ícono de la cultura. Se ha usado en películas como «La naranja mecánica» de Stanley Kubrick o «La sociedad de los poetas muertos» de Peter Weir. En el ámbito de la tecnología, la capacidad de los discos compactos de principios de 1980 se fijó a 74 minutos para poder guardar completa una grabación de la novena sinfonía de Beethoven. En la Navidad de 1989, en Berlín, días después de que cayera el muro que lo dividía, Leonard Bernstein dirigió la novena con un grupo de músicos provenientes de ambos lados de la ciudad. En esta interpretación, la palabra freude, alegría en alemán, se sustituyó por freiheit, libertad. Y desde 1985, la Oda a la alegría de Beethoven ha sido el himno de la Unión Europea.



A partir del día del estreno de la novena sinfonía de Beethoven, la música se entendió como un modo de autoexpresión. Un concepto que aún resuena con mucha fuerza en nuestra época. Después de Beethoven, nada en la música volvió a ser lo mismo. ¿Qué te hace sentir esta sinfonía cuando la escuchas? ¿Cómo crees que se sintió Beethoven al ver la reacción del público? Coméntanos tu opinión al final de la página.



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