La mentira del capitán

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Bienvenido. Hoy conoceremos al impostor que engañó al ejército, desbancó al gobierno y terminó siendo adorado por todos, incluido el Emperador.



Para 1906 el zapatero alemán Wilhelm Voight estaba hasta la coronilla de los malos tratos, la miseria y la falta de oportunidades. Desempleado, aprovechó el tiempo para pensar en una idea que le ganara algunos marcos y, de paso, le agregó la fama involuntaria. Tomó un tren y viajó hasta Postdam, nido de lo mejor del ejército prusiano. En el barrio holandés entró a la tienda de un ropavejero judío y salió uniformado como capitán del Primer Regimiento de Infantería de la Guardia Prusiana. Añadido a su bigote a lo Káiser, le sentaba de maravilla.



Para el mediodía se bajó de un tren en un suburbio del oeste de Berlín. Frente a un cuartel militar, aprovechó el cambio de guardia y, con eficientes gritos en alemán, puso a un grupo de diez soldados a sus órdenes. Les explicó que no podía requisar un vehículo de motor y los subió en tren hasta el pueblo de Köpenick. En el camino tuvo la astucia de ganar voluntades dándole a cada soldado una cerveza y al llegar a Köpenick una moneda para comprar comida. Bien comidos y bebidos, con el capitán al frente, los soldados marcharon hasta el ayuntamiento. Siguiendo sus órdenes, ocuparon el edifico y cerraron entradas y salidas. El capitán entró a escena, le prohibió a todos los que estaban dentro moverse y arrestó en nombre de «Su Majestad el emperador Guillermo II» al alcalde Gerog Langerhans y a su secretario. Algo ocultarían que no chistaron al recibir el mandato de encerrase en su despacho bajo custodia militar. Siguiendo con su actuación hizo llamar al cajero y le exigió que rindiera cuentas para confiscar, de acuerdo al protocolo, la caja municipal. Incluso le pidió un recibo para firmar la cantidad exacta que se llevaría: 3,557.45 marcos del Reich, unos $24,000 dólares estadounidenses de la actualidad. El recibo lo firmó como von Malzahn, el apellido del director de la última prisión en la que había estado.



Cargando las bolsas de dinero, quedaba transportar al alcalde y al secretario a Berlín para ser enjuiciados. Los subió a una carroza y les hizo jurar con su palabra de honor que no intentarían fugarse. Tras despachar el carro, le ordenó a su tropa que mantuviera la vigilancia del ayuntamiento durante media hora después de su partida para evitar disturbios. El capitán se fue a la estación y aprovechó para beberse una cerveza antes de subirse al siguiente tren a Berlín. El capitán desapareció.




La hazaña fue noticia nacional. Diez días después, Voigt fue arrestado en un burdel bajo los cargos de atentar contra el orden público, secuestro, estafa y suplantación de identidad. Para entonces la prensa lo nombraba el «Capitán de Köpenick» y la buena historia no se les escapó a los lectores, ya encariñados con él por su destreza. La condena a cuatro años de prisión se redujo a dos tras el indulto del mismísimo Emperador.



Libre, Wilhelm Voigt se dedicó a contar su historia en teatros. Hizo giras por Estados Unidos, Canadá y Francia, publicó su autobiografía y terminó retirándose en Luxemburgo, donde finalmente murió en 1922. Hoy tiene una estatua frente al ayuntamiento de Köpenick, naturalmente, vestido de capitán. Su tumba está en el cementerio de Luxemburgo. En su lápida: Wilhem Voigt, el Capitán de Köpenick.



La historia del falso capitán se convirtió en una exitosa obra de teatro a principios de 1930. También se han rodado varias películas y hoy en día, la historia de este hombre se enseña en las escuelas alemanas como un ejemplo de valerosa resistencia a un gobierno injusto. Más allá de ser una anécdota simpática, ¿qué crees que hace a personajes estafadores tan atractivos para el público en general? ¿Qué se puede aprender de ellos, sin que eso sea un llamado a la acción criminal?



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