La resurrección del emperador asesinado. Parte 2

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Hoy conoceremos al fantasma que atormentó a Catalina la Grande. Bienvenido de nuevo a esta historia. Una, de sangre sobre nieve.


Pugachov administrando justicia - Vasily Perov


En 1762 Catalina se autoproclamó emperatriz tras un complot contra su propio marido, el zar Pedro III. Ocho días después, el antiguo monarca apareció asesinado. Catalina logró librarse de las acusaciones y, seguramente, se sintió lista para enfrentarse a los nuevos problemas que le traería su reinado. Nunca imaginó lo que vendría.



Yemelián Pugachov, un cosaco analfabeto, luchó en el ejército ruso en las batallas finales de la Guerra de los Siete Años, la campaña en Polonia y en la Guerra Ruso-Turca. Tras el asedio y conquista de Bender en la actual Moldavia, regresó a su casa como inválido. Decepcionado, el veterano vagó entre asentamientos de Viejos Creyentes, cristianos ortodoxos que se habían separado de la Iglesia ortodoxa rusa y que seguían la religión conforme a los cánones previos a la reforma de Nikon en 1624, a partir de la cual fueron cruelmente perseguidos por sus creencias. Vulnerable y solitario, Pugachov se sintió atraído a sus creencias. Durante este periodo también viajó por la región, donde aprendió sobre la rebelión de los cosacos del Ural y su sangrienta represión. En uno de sus viajes fue arrestado por deserción del ejército, encarcelado en Kazán y sentenciado a Siberia. Logró escapar, y en 1773 reapareció en las estepas al este del río Volga. Ya no era Yemelián Pugachov, ahora afirmaba ser el emperador Pedro III.



Pedro III (segundo), decretó la abolición de la servidumbre lo que inmediatamente le ganó una enorme cantidad de seguidores. Entre ellos, Viejos Creyentes, cosacos del Ural, campesinos, clérigos y baskires (un pueblo túrquico en Rusia). Planeaba deponer a Catalina y restituir su lugar legítimo en el trono. Logró victorias importantes contra los pequeños destacamentos militares que apenas se mantenían en esta región alejada de la mirada de la emperatriz, quien estaba más ocupada batallando contra los turcos intentando abrir una salida al mar. Catalina se dio cuenta cuando Pugachov ya controlaba gran parte del este de los Urales.




Pugachov improvisó una burocracia civil y militar, que no sirvió para controlar la violencia en aumento de su ejército. Atacaban fincas, asesinaban a los dueños y a sus familias, hasta que le llegó su momento a la ciudad de Oremburgo. El zar resucitado la sitió y conquistó, adueñándose así de un punto crucial para el comercio y la industria de los Urales.



Los terratenientes que pudieron huyeron, alertando sobre la amenaza inminente: las tropas cosacas de Pugachov se preparaban para marchar hacia Moscú. La emperatriz ya había tenido suficiente. Recién victoriosa sobre los Otomanos, envió un ejército que derrotó a Pugachov en la primavera de 1774. El usurpador logró retirarse a Kazán y en un intento desesperado quemó la ciudad para poder cruzar el río Volga y reunir refuerzos. Logró obtener algunas victorias más, pero finalmente fue derrotado en el verano. Pugachov escapó, pero fue traicionado y enviado a Moscú, donde fue ejecutado.



Pedro III, el segundo, pasó a la historia con su verdadero nombre: Yemelián Pugachov, uno de los revolucionarios más importantes del siglo XVIII, adelantándose a la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y a la Revolución Francesa. Los líderes de la Revolución Rusa de 1917 —la única revolución rusa más grande después de la de Pugachov — lo nombraron héroe nacional y renombraron su ciudad natal con su nombre. A pesar de haber intentado ser otra persona, Pugachov fue un hombre que entendió las necesidades de la gente que lo rodeaba. Se dio cuenta de los problemas que ocasionaba la servidumbre feudal bajo la que se regía Rusia e intentó cambiarla. Pasaron siglos antes de que esto pudiera cambiar.



Las dos caras de la moneda: Catalina la Grande, una mujer fuerte que mejoró las condiciones de Rusia hasta donde la política se lo permitió; y Yemelián Pugachov, un hombre decidido que también quería mejorar las condiciones de quien lo rodeaba. Pugachov, el hombre que quiso ser Zar. Catalina, la mujer que logró ser Zarina.



¿Qué crees que habría pasado si en lugar de combatir hubieran unido visiones? ¿Qué condiciones hacían de esta solución algo impensable? ¿Cómo lo hubieras solucionado tú si estuvieras bajo la corona autoimpuesta de ambos personajes?


Yemelián Pugachov


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