Samurái Cowboy

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Nadie en Occidente había visto un samurái por 300 años, hasta que, paseando por la ciudad más poblada del salvaje Oeste, con todo y espadas al cinto, uno dio una lección de guerra. Conoce su historia.


Katsu Kaishu


Para los samuráis más refinados, el coraje no se medía por la facilidad con la que desenvainaban un sable, sino por su capacidad para mantenerlo envainado. Esta peculiar filosofía para un guerrero fue comprobada en un escenario insospechado: San Francisco.



Iluminados por la tenue luz de las lámparas de gas, marineros y mineros, prostitutas y matones, se reunían dentro de un bar al norte de la ciudad con algún nombre tan elocuente como «Lugar del asesinato» o «Callejón del muerto». Aún era el salvaje oeste y sólo los más valientes o incautos se atrevían a tomar un trago ahí. Todos notaron a un hombrecito vestido con seda que sin dudarlo entró y se sentó en una de las mesas. Con un raquítico inglés y modales sobresalientes pidió un vaso de cerveza. Una de las prostitutas que atendían se acercó. Al verla llegar con su vestido rojo ceñido y escotado —en donde escondía una pistola Derringer—, se comportó muy distinto a la clientela habitual: como un caballero. Ella, lo juzgó de otro mundo con su kimono cerúleo, sandalias y un par de espadas —una mucho más larga que la otra— ajustadas con una cinta alrededor de la cadera. Aunque algo en él le pareció aristocrático y exótico. Poco sabía que estaba frente a un samurái que había zarpado desde Edo, la capital japonesa, en una misión diplomática ordenada por el mismísimo Shogun.



Katsu Kaishu era el capitán del Kanrin Maru, una goleta de fabricación holandesa con tres mástiles, y el escolta de una delegación enviada a Estados Unidos para ratificar un tratado comercial con Japón. Al llegar a San Francisco, de acuerdo con el protocolo, Kaishu debía quedarse en el hotel. Sin embargo, este samurái era un inconformista que luchaba contra la rígida estructura social del Japón feudal, así que eso de acatar reglas no se le daba con facilidad. Más adelante esta actitud le valió, contra todo pronóstico, un puesto alto dentro del gobierno progresista que se puso como meta emparejar a Japón con las demás potencias internacionales; aunque ese día sólo lo llevó a meterse en un bar de mala muerte al norte de San Francisco, en Barbary Coast, donde ningún hombre descente estaba seguro de salir caminando después del anochecer.




Al ver a la mesera atender al extranjero, un minero montañés de espesa barba roja y recurrente cicatriz rebanándole el cachete izquierdo decidió que eso no lo iba a permitir. Un acostumbrado ataque de celos envalentonado por la pistola colgada al cinto y el cuchillo Bowie en la bota izquierda. «¿Qué haces sentada ahí con ese mono? Hay que desollarlo como liebre», berreó tratando de intimidar a Kaishu. Por supuesto que no entendió ni una palabra el japonés, aunque la intención le quedó clarísima. Poco sabía el minero que estaba amenazando a uno de los espadachines más diestros de Japón, donde no escaseaban ni eran poca cosa. El montañés volvió a bramar haciendo amago de desenfundar. Se detuvo en seco al sentir la Derringer de la mesera bajo la quijada. La situación estaba a punto de saltar por los aires junto con los sesos. A partir de ahí, con un gatillo accionado sólo podía esperarse una pelea multitudinaria, balazos, cristales rotos, gritos y cartas volando y una katana rebanando miembros. La tención a tope.



«Otra cerveza, por favor» le pidió a la mesera Katsu Kaishu en su renqueante inglés, colocando un dólar de plata sobre la mesa. Nadie lo esperaba. La mujer, aún recelosa, bajó un poco su pistola y tomó la moneda. Con un gesto de temeridad inusual, Kaishu apuntó a una silla frente a él indicándole al minero que se sentara. El semblante tranquilo y la mirada fija, además de las espadas envainadas—que no hay que menospreciar—, convencieron al minero. Se rascó la barba roja, sacudió la cabeza y se tomó una cerveza con el samurái.



Hay culturas ajenas a la nuestra que tienen mucho que enseñarnos. ¿Qué podemos aprender de Katsu Kaishu en un entorno tan violento como el que vivimos? ¿De qué manera podemos no desenvainar?



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Fuentes:


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