El apilador de pianos

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Hay música que puede ser engañosa. Detrás de la belleza muchas veces existió la necesidad de crearla. Conoce al hombre que para dejarnos su alma se dedicó a romper las expectativas.


Suzanne Valadon - Portrait d'Erik Satie


Para el cambio hacia el siglo XX la titánica sombra de Richard Wagner continuaba marcando la pauta para la música clásica: temas heroicos, profundos, llenos de drama y de icónica angustia romántica teutona. Un enorme peso sobre los oídos europeos deseosos de una bocanada de aire fresco. Por suerte… estaban los franceses. Debussy, Ravel, Fauré, Saint-Saëns consentían a las audiencias con música suave y emotiva como las pinturas impresionistas de sus contemporáneos, pero había un compositor en especial que tenía ese je ne sais quoi que ni sus compatriotas comprendían: Erik Satie.



Erik Satie fue un estudiante mediocre en el Conservatorio de París. Inventaba sus propios ejercicios de piano, rompía las reglas de composición que le enseñaban y constantemente experimentaba con acordes poco convencionales hasta que lo expulsaron. Para él la música necesitaba un cambio, uno radical, y él planeaba hacerlo sin que las opiniones de los demás le importaran. Deseaba dejar su marca en el mundo.



Fuera, sentía la necesidad de componer y cambiar el curso de la historia; una que de ahora en adelante sería absurda. Escribió sus dos primeras piezas para piano, «Valse-ballet» y «Fantaisie-Valse», en 1885, pero en lugar de subtitularlas en el estilo habitual, es decir, como Opus 1 para indicar la primera en su catálogo, decidió usar Opus 62 en sentido irónico. Si la idea era romper con el pasado, así es como empezaría. Este tipo de excentricidades y humor sutil lo caracterizó toda su vida.



Con una personalidad poco convencional —por decir poco —, seguía sus propias reglas y las de los demás le parecían aburridas. Una garantía para los problemas económicos. Con ahorros escuetos, autofinanciaba la publicación de su música. Necesitaba un éxito comercial pronto, la comida escaseaba, pero no tenía intención de sacrificar sus aspiraciones artísticas. En 1888 publicó «Gymnopedies», tres piezas para piano inspiradas en una celebración juvenil de la antigua Grecia. ¡Por fin! Estas le valieron cierta notoriedad en la bohemia parisina. La fama creció con «Gnossiennes», otras tres piezas para piano, ahora inspiradas en las excavaciones en Creta del palacio de Cnosos. En estas, en teoría, la música puede empezar en cualquier compás, continuar el tiempo que se desee y terminar en el lugar que a uno se le antoje. Esta composición radical hizo que Satie abandonara gradualmente el uso de líneas de compás. Sin embargo, fuera del círculo artístico —caracterizado por tener pocos ingresos—, sus obras no fueron bien aceptadas y recibieron malas críticas por la poca prensa especializada que les dedicó tiempo.



No se detendría. Ante la burla, burla y media. Satie continuó viviendo y escribiendo, cada vez más raro. Así como su música, su estilo de vida era una excentricidad. Hasta 1898 se alojó en Montmartre, donde se le veía siempre vestido con trajes de terciopelo gris, usando un bombín y con un paraguas a lado mientras escribía en los cafés. Se cuenta que nunca usó jabón y que usaba una piedra pómez para lavarse. Llegó a fundar su propia iglesia, sin mucha trascendencia —naturalmente—. Caminaba a todos lados sin importar la distancia, incluso tras mudarse al barrio de Arceuil por falta de dinero, y siempre cargaba un martillo por si necesitaba defenderse. Sólo tuvo un amor, una trapecista y pintora llamada Suzanne Valadon, y tras su rompimiento permaneció eternamente soltero.



La rara vida que llevaba hizo que cada vez más personas le prestaran atención. Y no sólo a él, si no también a sus composiciones. Satie se hizo famoso por su pieza «Vexations», publicada en 1893 con las instrucciones escritas: «Para tocar 840 veces este motivo, será bueno prepararse con antelación, y en el más profundo silencio, para la más intensa inmovilidad». Pasaron años antes de que alguien lo intentara. El compositor modernista John Cage lo consiguió en 1963 con un equipo de diez pianistas tocando en relevos durante 18 horas.



Parecía que el camino se enderezaba y que la huella en la historia de la música estaba por quedar impresa, pero Satie se detuvo ante el destino. Se sentía solo. Pasó años en pausa, con severos problemas económicos y de depresión en Arceuil. Le tomó mucho esfuerzo volver a escribir, pero cuando lo hizo, regresó con una sonrisa burlona para los especialistas que se habían reído de él. Publicó composiciones con títulos caprichosos como «Embriones desecados», «Verdaderos preludios flácidos (para un perro)» y «Tres piezas en forma de pera»; una clara burla a los críticos que decían que su música carecía de forma.



Esta actitud irreverente resultó en varias de sus composiciones más retadoras y originales. Las que le valieron el reconocimiento que merecía de otros artistas de gran calibre de los años previos a la Primera Guerra Mundial. En conjunto con el poeta Jean Cocteau y Pablo Picasso, Satie escribió «Parade», un ballet con música para máquinas de escribir, sirenas, hélices de aviones, cinta de teletipo y una rueda de lotería. Por supuesto que la crítica no fue favorable y cuando Satie, más envalentonado para la época, le escribió una carta a un reconocido crítico señalándolo como «estúpido sin gusto», lo condenaron a ocho días de prisión.



Satie se volvió cada vez más insólito. Una de sus últimas obras, «Música de mobiliario», tenía la intención de generar una composición sin importancia, como si fuera un papel tapiz para usar de fondo en salones —como la música de Muzak de la década de 1980 —. Sin embargo, cuando se estrenó en 1920 se puso sumamente nervioso al ver que la audiencia sí le ponía atención, la realidad es que aún faltaban años para que las personas dieran la música por sentado y dejaran de ponerle atención. Paradójicamente cuando quería ser escuchado nadie lo hacía, pero cuando quería ser ignorado todos le prestaban atención. Una vez más su intención no se cumplió.



Parecía que él no cambiaría la ruta de la música. Gran bebedor, sus problemas de salud empeoraron. Murió de esclerosis del hígado en el verano de 1925 en París. Hasta entonces nadie había entrado a su departamento de Arceuil. Cuando sus amigos lo abrieron descubrieron que además de una cama, una silla y una mesa, tenía más de cien paraguas, incontables dibujos de arquitectura medieval y dos pianos, uno encima del otro, con los pedales unidos por cuerdas.



Como cualquier artista francés moderno que se precie de serlo, sus obras sólo se apreciaron realmente tras su muerte. Se le aclamó como un genio, un pivote entre la música clásica romántica y la contemporánea. Sus composiciones, aunque extremadamente simples en estructura —para horror de sus maestros — eran sumamente innovadoras y llenas de originalidad armónica. Satie dejó una obra relativamente escasa, pero su innovador uso de notas politonales lo convirtió en un sello distintivo de la música. Sus aportaciones fueron cruciales para la música que caracterizaría al siglo XX: el jazz, la música experimental, los soundtracks cinematográficos y la infame/nunca-bien-apreciada música de elevador.



Un hombre que necesitaba un cambio, que lo hizo a su manera, aún cuando se reían a costa de él. Planeo hacerlo y lo logró de una manera peculiar. Entre paraguas y pianos apilados, logró ser impermeable a las burlas y poner su ladrillo en la historia de la música. Lo recuerdas, aunque él no lo vivió.



¿Cuál es el cambio que quieres hacer incluso si parece una excentricidad? ¿Cómo te inspiras para continuar sin importar las críticas? No te olvides de bajar a la sección de «Aprende más» y escucha la belleza que compuso Satie. Haz que no pase desapercibido.



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Erik Satie


 


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Fuentes:



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