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El mártir de la ciencia

Actualizado: 22 de ago de 2020

Autor: Esteban Soní Rico


En la historia han habido muchos hombres y mujeres que dedicaron su vida a la ciencia y que, por lo mismo, fueron procesados por algún tribunal religioso. Uno de los casos más famosos es el de Galileo Galilei, a quien muchas veces se le proclama como un mártir de la ciencia y un revolucionario contra la Iglesia. Pero eso no es del todo cierto, ya que Galileo nunca se alejó de su fe católica, más bien, él buscaba unir su fe religiosa con lo que él creía sobre el cosmos; y aunque fue acusado por la Inquisición en 1633, no fue por herejía, sino más bien por desobediencia a lo que en 1616 se le había ordenado, además de que nunca se le prohibió seguir haciendo investigaciones científicas, tanto que siguió haciendo investigaciones e incluso publicó algunos de sus escritos.


Por otro lado, algunos años antes de los procesos de Galileo, vivió otro personaje que sí fue condenado como hereje y quemado por la Inquisición, debido a las conclusiones teológicas que sacaba de sus ideas filosóficas y científicas. Giordano Bruno fue un fraile que desde muy joven se interesó mucho por la teología, pero también por la filosofía y ciencia de su tiempo, entre las que estaba la cosmología copernicana. La teoría copernicana, que proponía el heliocentrismo, fue controversial entre las distintas religiones del momento, Lutero, por ejemplo, expresó su inconformidad con la tesis copernicana, mientras que en el catolicismo existían posturas a favor, como la del cardenal Nicolas Schönberg, como también en contra. También, para muchos no era un problema ya que no era vista como una descripción real del movimiento celeste, sino que era, más bien, tomada como una hipótesis explicativa; a Bruno, por su parte, le convencía más como real la teoría copernicana que la ptolemaica que hasta ese momento se tenía.


Sus lecturas filosóficas y científicas lo llevaron a desarrollar sus propias teorías, dentro de las cuales está la idea del mundo infinito, idea que fue solo la primera pieza de la gran serie de dominó que le llevaría a la hoguera. Como teólogo, Bruno pensó que el universo era infinito, a comparación de los demás astrólogos de su tiempo, incluidos Copérnico y Galileo, porque creía que no había una razón o consecuencia lógica por la que Dios pudiendo hacer un universo finito o que fuera de cierta medida y no de otra, no lo hubiese hecho infinito.


Pero éste mismo razonamiento lo llevó a preguntarse si, al igual que hay algunos astros que giran alrededor de una estrella, el Sol, había más sistemas planetarios que fueran análogos al nuestro, en el que los planetas giraran en torno a una estrella, conclusión que le pareció también bastante plausible. Pero su curiosidad le llevó a ir más allá y preguntarse si, al igual que hay vida en este planeta que gira alrededor de una estrella y sí existen otros sistemas planetarios, entonces estos también tendrán algún tipo de personas que los habitan, y al igual que las veces anteriores, según su razonamiento, todo parecía apuntar a que era posible.


Pero estas últimas conclusiones empezaron a alertar a las autoridades eclesiales, por lo que la Inquisición empezó una investigación y le pidió que aclarara su postura sobre la vida en otros mundos. Él, seguro de sus conclusiones, sin duda alguna la afirmó, pero la aseveración llevó al tribunal eclesial a preguntar por la relación entre Dios y esas personas en esos otros mundos, lo que llevó al teólogo Giordano a pensar que era posible que cada uno de esos mundos tuviera su propio redentor, que uniera así a la divinidad con las personas del mundo en cuestión.


Las propuestas anteriores ya eran un escándalo y una preocupación, pero ésta última era una herejía completamente. Afirmar que hay tantos “Cristos como mundos posibles era algo impensable, por lo que se le pidió que se retractara, pero él, creyendo en sus conclusiones y haciendo caso omiso a las problemáticas teológicas que se derivaban de éstas, reafirmó su postura. Lo que provocó que en diciembre de 1599 fuera condenado por el tribunal de la Inquisición como hereje.


El 17 de febrero de 1600, a inicios de un nuevo siglo que estuvo lleno de grandes descubrimientos científicos, que vio nacer y crecer a Descartes, a Newton, a Leibniz, entre otros muchos, Giordano fue condenado a morir en la hoguera, en Roma. Algunos relatos cuentan que él, momentos antes de que el fuego lo abrasara, no se arrepintió de nada, ni siquiera dudó de lo que afirmaba, más bien, estaba seguro de que moría como un mártir y que, junto con el fuego, su alma subiría al paraíso. Otros, incluso, afirman que les dijo a sus jueces a la hora de la condena que ellos debían temer más por la sentencia que dictaban que él que, con toda tranquilidad, la aceptaba.


A veces creemos que la ciencia y la religión se contraponen, que la razón y la fe están en continua lucha o combate, pero me parece que tanto el caso de Galileo como el de Giordano Bruno, son de hombres de ciencia y filosofía que buscaron compartir lo que descubrían a las personas con las que ellos compartían fe. ¿Qué tanto en verdad se contraponen? Si Giordano, quien fue quemado, no fue por su ciencia sino por sus conclusiones teológicas, ¿qué tanto en verdad son contrarias? Si durante muchos años han avanzado de juntas y han tenido más aciertos que errores.


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[Giordano Bruno frente a la Inquisición]





Aprende más:

Fuentes:
  • Koyré, Alexandre: Del mundo cerrado al universo infinito, Siglo XXI, Madrid, 1979. Introducción, capítulo I y II.

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