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El reflejo de dos traidores

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Hoy traigo para ti el reflejo de un siglo de competencia económica. Una historia que irradia misterio, con su debida dosis de veneno. Hoy te presento la historia de “La Guerra de los Espejos”.


La Galería de los Espejos del Palacio de Versalles


Es común la caricatura de conquistadores mañosos que intercambiaban espejos por piezas de oro a indígenas incautos, pero tales espejos no eran cosa menor. Para conseguir más y mejores, en 1666 Francia desencadenó una de las operaciones de inteligencia secreta más ambiciosas hasta la fecha y uno de los primeros conflictos de espionaje industrial del continente. El objetivo no era seguir los pasos del trueque injusto que se había hecho popular un siglo antes en costas recién delineadas en los mapas, sino sencillamente el lujo; la moda, como no podía faltar en las razones francesas.



Durante el Renacimiento se logró mejorar la técnica para fabricar espejos para que fueran claros —en lugar de verdosos, como solían serlo—, que la imagen reflejada no se deformara y que pudieran ser más grandes. Los resultados eran tecnología de punta y un símbolo de estatus para quienes podían pagarlos. No en balde se enmarcaban como los mejores óleos. Pese a su precio, la realeza europea no se pudo resistir a ellos y todo ese gasto llegó a las arcas de una ciudad que tenía el monopolio de la fabricación: La Serenísima República de Venecia. Desde el siglo XII Venecia había desarrollado una poderosa manufactura de vidrio, y en la isla de Murano la fórmula para crear los mejores espejos de la época se mantuvo bajo secreto riguroso durante siglos. No sólo la exclusiva, si no la vida se podía ir por andar de indiscreto. Tan sólo el Consiglio dei Dieci, el encargado de la seguridad de Estado y contraespionaje, fue quien estableció los controles de la técnica para que ningún extranjero les mellara el negocio.




La consecuencia de romper el tesoro de Murano no les pasó desapercibida a los franceses. Su rey, Luis XIV, era un amante de los lujos y gastaba en espejos venecianos como si no hubiera un demain. Alarmado, su controlador general de finanzas, Jean-Baptiste Colbert decidió que tanto oro era mejor derramarlo dentro del reino, así que le encargó al embajador francés en Venecia que sondeara si algún maestro espejero andaba corto de lealtad y le apetecía mudarse con sus talentos de Murano a Francia. Encontró dos. Sus nombres: Giovanni Castellano y Giovanni Bormioli. Sacarlos de la serenísima no fue cosa fácil, pues los venecianos sospechaban del plan francés y no dudaban en probar navajas contra yugulares. Los dos traidores huyeron a medianoche en un barco vigilado por veinticuatro hombres armados. Cruzaron a Ferrara y de ahí en carruaje hasta París. Al llegar se incorporaron a la manufactura que Colbert había puesto en marcha.


Jean-Baptiste Colbert


La reacción no tardó en llegar. El embajador en Francia advirtió al Consejo de los Diez sobre la nueva fábrica. Si bien los primeros resultados eran espejos de decepcionantes veinticinco centímetros de altura, los Inquisidores de Estado, un subgrupo del Consejo, se encargó de hacerles ver a los dos ingratos maestros espejeros las bondades de regresar al flotante suelo patrio, entre las cuales estaba no matar a sus familias. Colbert optó por contrabandear a las esposas e hijos a Francia para calmar a sus nuevos artesanos. Aunque los espejos en la fábrica no estaban a la altura, no quería arriesgar la primera oportunidad que tenía de desbaratar el privilegio veneciano. La República Veneciana decidió no permitir ninguna otra fuga. Agentes con venia para asesinar persiguieron por todas las islas a los desertores seducidos por las promesas de riqueza que Francia había corrido. Para los pocos afortunados que lograban llegar a París la técnica era sencilla: si el chantaje emocional no daba en el clavo, una dosis de veneno seguro pondría el último. Al ver a sus compañeros caer revolcándose y ante el temor de ser los siguientes, la mayoría de los maestros y operarios venecianos pidieron un perdón formal y regresaron a Venecia.



Venecia había ganado, incluso Colbert pareció reconocerlo cuando llegó a un acuerdo de importación de espejos con la República. Les duró poco el gusto. Llegó el turno de la zancadilla francesa, pues cinco años después Colbert prohibió la importación de espejos venecianos pues la calidad de los producidos en Francia ya era rival. En 1679, cuando Luis XIV decidió construir su galería de los Espejos en Versalles, el suministro quedó en manos nacionales. Con el truco de ensamblar 21 espejos formaron cada uno de los 17 paneles de diez metros cuadrados. Cada pieza medía 90 centímetros de altura, el límite técnico de la época.



Como verás, hay todo un mundo detrás de un espejo. Intrigas políticas, espionaje, traición y asesinatos. Un curioso reflejo del humano a la hora de proteger sus intereses. ¿Conoces otra industria en la que el espionaje esté a la orden del día? ¿Qué crees que pase en esas reuniones entorno al petróleo o, aún peor, cuando alguien decide enriquecer plutonio?



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Fuentes:




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