El retorno del emperador

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea



A partir de 1812, el Imperio napoleónico dio muestras de desmoronarse. Las numerosas tensiones acumuladas entre Francia y Rusia por el Imperio Otomano, Polonia y el Báltico, desembocaron en una temeraria e infructuosa invasión de Napoleón a las tierras del zar.



En 1806, el sultán otomano Selim III, alentado por la derrota rusa en Austerlitz y asesorado por los franceses, depuso a los pro-rusos Constantine Ypsilantis y Alexander Mourousis de sus cargos como Hospodares (gobernadores) del Principado de Valaquia y Moldavia, respectivamente. Un acto que cuarteó la influencia rusa en Europa del Este, y que fue, a su vez, potencializado por un amenazante avance francés hacia los principados danubianos. En respuesta, el zar Alejandro I envió un contingente ruso de 40,000 efectivos a Moldavia y Valaquia, desencantando al sultán e iniciando con ello la guerra ruso-turca de 1806 a 1812.



Hacia el final de la guerra contra los otomanos, el Imperio Ruso se dio cuenta de que Napoleón estaba aprovechando la situación para invadirlos en un momento de debilidad, por lo que decidieron firmar la paz el 28 de mayo de 1812 bajo el tratado de Bucarest, e inmediatamente volcar su atención a más de medio millón de soldados franceses que se enfilaban para tomar Moscú.



La invasión napoleónica a Rusia, por un lado, avivó la esperanza que el Ducado de Varsovia tenía en la restauración de un Estado Polaco fuera de la influencia del zar; mientras que, por el otro, llevó el conflicto también al mar Báltico, enfrentando a franceses y tropas auxiliares prusianas contra el ejército ruso auxiliado por la armada británica durante la toma del puerto de Riga. Ahora bien, mientras parte de la fuerza napoleónica concentraba sus esfuerzos en el Báltico, la gran mayoría se dirigió al corazón de Rusia. Los rusos trataron de hacerle frente a Napoleón en Borodino, pero fue inevitable, la batalla fue una carnicería que abrió paso victorioso a los franceses para llegar a Moscú. Sin embargo, la victoria resultó solo una ilusión; al entrar a la ciudad, ésta se encontraba desierta y aquella misma noche los propios rusos la hicieron arder.



Entre llamas y cenizas, el 19 de octubre Napoleón sacó a sus tropas de Moscú, cargados con el botín. Pero ni el oro ni las riquezas cambiaron la sentencia del “General Invierno”. A las tres semanas empezó a nevar y las temperaturas cayeron hasta los menos 22 grados centígrados, congelando a las tropas francesas. El emperador y sus hombres lucharon contra la inanición -extrema debilidad física- , el frío, la enfermedad y el hambre. Seis meses antes Napoleón había cruzado Rusia confiando en la victoria, pero la situación crítica de sus hombres, y los rumores de un golpe de Estado en París lo hicieron volver derrotado.



Una vez de vuelta en la “Ciudad de la luz”, Napoleón terminó con el golpe de Estado coordinado por su rival político Claude François de Malet, quien fue juzgado ante un consejo de guerra y fusilado el 29 de octubre. Ciertamente el emperador logró recobrar el poder, aunque no por mucho tiempo. En 1813, Prusia, el antiguo aliado de Francia, le dio la espalda a Bonaparte para sumarse a una inmensa coalición conformada por Austria, Suecia, Rusia, Gran Bretaña, España y Portugal. La Sexta Coalición, como hizo llamarse la agrupación, vio grandes batallas en contra de los franceses en Lützen, Bautzen, Dresde, incluida la más grande en la historia europea antes de la Primera Guerra Mundial, la batalla de Leipzig.


[Imagen 1] Batalla de Leipzig (Alexander Sauerweid) / [Imagen 2] Abdicación de Napoleón ( Gaetano Ferri) / [Imagen 3] Napoleón desterrado a Elba (Anónimo) /

[Imagen 4] Ubicación de la isla de Elba



Tras haber sido derrotado, Napoleón se vio orillado a firmar un Acta de Abdicación que lo describía como el único obstáculo para alcanzar la paz en Europa y con la cual pudieron exiliarlo a la isla de Elba, una isla de 12,000 habitantes en el Mediterráneo, a 20 km (12 millas) de la costa toscana.


“Habiendo declarado las Potencias Aliadas que el Emperador Napoleón era el único obstáculo para el restablecimiento de la paz en Europa, el Emperador Napoleón, fiel a su juramento, declara que renuncia, para sí y sus herederos, a los tronos de Francia e Italia, y que no hay ningún sacrificio personal, incluso el de su vida, que no esté dispuesto a hacer en interés de Francia.”


Hecho en el palacio de Fontainebleau, el 11 de abril de 1814.



En la isla de Elba, las memorias de una vida de gloria eran interrumpidas por los golpes ensordecedores del mar, pero el corazón de Napoleón no perdía de vista el objeto de su más grande pasión: Francia. Sintiendo que los franceses lo reclamaban, y sabedor de que los ingleses querían desterrarlo a una isla remota en el Atlántico, Napoleón escapó de Elba y desembarcó junto con sus soldados más leales el 1 de marzo de 1815 en Golfe-Juan, cerca de Antibes, para desde allí marchar rumbo a París.




El 20 de marzo de 1815, Napoleón entró de forma triunfal en el Palacio de las Tullerías. Al bajar de su carruaje, los coros de alegría y las ovaciones de sus soldados lo acompañaron hasta la escalera monumental del palacio, un acto que fue secundado por el ímpetu de una multitud que aclamaba con gozo el regreso de su querido emperador. Fue entonces que, de la noche a la mañana, los emblemas reales de la restauración borbónica desaparecieron y fueron sustituidos por la bandera tricolor y las águilas imperiales; símbolos que resurgían laureados con las palabras patrióticas de Napoleón:



“Traigo de vuelta estas águilas; dejen que sean su punto de reunión. Al dárselos a la Guardia, se los doy a todo el ejército. La traición y las circunstancias adversas los habían envuelto en un sudario; pero, gracias al pueblo francés y a ustedes, reaparecen resplandecientes en todo su esplendor. ¡Jurad que siempre se hallarán cuando y dondequiera que los llame el interés de la patria! Que los traidores y los que quieran invadir nuestro territorio, nunca puedan soportar su mirada.”



Con esto se dio inicio al periodo conocido como los Cien Días, o Cent-Jours en francés. Durante este tiempo, Napoleón trató de instaurar un régimen constitucional más democrático y liberal, pero el deber en campo de batalla lo obligó a dejar sus esfuerzos legislativos para concentrarse en enfrentar a una Séptima Coalición enemiga. Lamentablemente para la Francia napoleónica, su emperador fue contundentemente derrotado en la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815, una derrota que le costó un nuevo y definitivo exilio en la isla de Santa Elena.


[Imagen 1] Le retour des cendres de Napoleón I de Santa Elena, (Henri Félix Emmanuel Philippoteaux) / [Imagen 2] Tumba de Napoleón en los Invalidos


Los esfuerzos de Napoleón por restablecer la gloria y el poder de Francia en Europa no resultaron como esperado; sin embargo, su figura como estandarte patriótico francés jamás quedó en el olvido. Todo lo contrario. En 1840, casi dos décadas después del fallecimiento del emperador, la repatriación de sus restos devolvió a una Francia dividida su sentido de unidad, reconociendo en la memoria del gran corso a un héroe popular del que podían estar orgullosos y a un hombre que finalmente volvía para descansar entre los suyos.



Y tú, al igual que Francia, ¿encuentras victorias en aparentes derrotas?

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