El retrato fatal

Actualizado: 19 may

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Este es un cuadro de 1884 pintado por John Singer Sargent. Su apariencia puede ser engañosa, pues detrás de la aparente belleza y sobriedad esconde un escándalo que derrumbó a una enigmática celebridad parisina.


«Madame X» - John Singer Sargent


Virgine Amélie Avegno nació en 1859 en el Nueva Orleans antebellum. Tres años después su padre murió por la causa confederada y cuatro años más tarde lo siguió el hermano de Amélie, víctima de una fiebre. Desesperada, su madre decidió mudarse con ella a París; un sueño tras la devastación, pero, sobre todo, un lugar donde podría casar con propiedad a su hija. Y vaya que lo hizo, Amélie se casó con un banquero exitoso, Pierre Gautreau. Para entonces la joven se había convertido en una verdadera seductora que sacaba provecho de su belleza poco convencional. Una mujer decimonónica que apreciaba su palidez extrema y que aumentaba no sólo con polvo de arroz, como se acostumbraba, sino también consumiendo una dosis exacta de arsénico. Por supuesto, los hombres de la alta sociedad parisina la cortejaban constantemente, a pesar del anillo de matrimonio, y eso incluía entre ellos a un pintor con intenciones menos pícaras.



John Singer Sargent, aunque nacido en Italia, era hijo de estadounidenses asentados en Europa y se había hecho de renombre pintando a la alta sociedad. Ambicionaba consolidarse como pintor en Francia retratando a Amélie, para entonces llamada madame Gautreau. La leyenda cuenta que sólo pudo hacerle llegar la petición por medio de un cliente a quien le había hecho un retrato antes, el destacado ginecólogo Samuel-Jean Pozzi, con quien —se rumoreaba— madame Gautreau tenía un affaire. Parece ser que el rumor es falso.



A Singer Sargent le tomó 30 sesiones pintar a madame Gautreau, quien resultó poco cooperativa y complicó la labor más de lo habitual con sus exigencias. Sin embargo, fue Sargent quien eligió el vestido negro con tirantes dorados, la posición y los elementos: una tiara, un abanico y el anillo de matrimonio. Además, como muestran los bocetos preparatorios y las radiografías hechas al cuadro, originalmente el tirante derecho colgaba suelto. El hombro desnudo del lado al que no ve madame Gautreau, aunado a la alianza matrimonial del otro, resultaron en una combinación explosiva que ninguno de los dos podía predecir.


Cuadro original



Sargent expuso «Retrato de Madame Pierre Gautreau» en el Salón de París de la Academia de Bellas Artes, el más importante de Francia. Hasta entonces Sargent había recibido criticas positivas de sus cuadros anteriores, por lo que con este retrato no esperaba algo distinto. No pudo haber estado más equivocado. Los críticos compararon el tono de piel con el de un cadáver, los periódicos satirizaron con caricaturas tanto al pintor como a la modelo, y la alta sociedad en general vio el retrato como la confirmación de una mujer casada que se hacía de la vista gorda ante el coqueteo de otros hombres. Todo un escándalo social que destruyó las reputaciones de Sargent y madame Gautreau. Lo más asombroso es que para entonces ya habían pasado dos décadas desde que Édouard Manet escandalizó París con «Almuerzo sobre la hierba», el cual el Salón se negó a exhibir, e incluso su «Olympia», que el Salón sí mostró a pesar de la angustia generalizada por retratar un desnudo no mitológico y que, para colmo, parece ser una prostituta. La alta sociedad parisina ya estaba acostumbrada a desnudos, de hecho, no faltaban en el Salón, pero en este cuadro Sargent se había atrevido a plasmar —muy probablemente inconsciente de ello— un comportamiento sexual activo y depredador, strike uno, de una mujer de clase alta, strike dos, y además casada, strike tres, ponchado.



Sargent tuvo que huir a Londres, donde no volvió a atreverse a tanto, pero madame Gautreau se quedó en Francia y trató de reinsertarse en la sociedad. A pesar de encargar otros dos retratos de sí misma bajo una luz más favorecedora, los cuales incluso terminaron exhibiéndose en el Salón, ninguno tuvo el impacto deseado. Jamás pudo recuperar su posición. Envejecida y separada de su esposo, su historia se vuelve opaca. Lo único que queda es el rumor de que en sus últimos años de vida quitó todos los espejos de sus paredes y sólo salió de noche.



Sargent conservó el retrato hasta 1916, un año después de la obscura muerte de Amélie, cuando lo vendió al Met de Nueva York. La condición fue que, por el problema que el cuadro ocasionó, se exhibiera sin el nombre de la modelo. Hoy se expone con el nombre de «Madame X».



Una historia, sin duda, adolorida. Una para la que no es fácil escribir una conclusión y prefiero dejártela a ti, lector. ¿El cuadro debería recuperar el nombre «Retrato de Madame Pierre Gautreau» para rescatar la memoria de una persona que sufrió desproporcionadamente? ¿Debería de exponerse con el nombre de soltera de Amélie? O, tal vez, ¿el nombre «Madame X» resume toda esta historia y nos permite recordarla con el debido respeto?



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