Especial robos de arte: Entre Papas, piratas y proyectiles

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Bienvenido al segundo artículo de este especial dedicado a los robos de arte más estrafalarios, curiosos y desconocidos de la Historia. Hoy seguiremos con un fruto del corazón conmovido de un pirata.


El Juicio Final – Hans Memling



Hans Memling fue un pintor alemán nacido cerca de Frankfurt, pero gran parte de su trabajo lo hizo en la región de Flandes, donde se convirtió en uno de los representantes más importantes de la escuela pictórica flamenca. Durante aquella época, Angelo Tani, director de la sucursal de Brujas del Banco Médici —institución propiedad de la familia más poderosa e influyente del Renacimiento—, le encargó a Memling un tríptico sobre el Juicio Final. La intención era utilizarlo para decorar una capilla de la abadía de Fiesole, al norte de Florencia. Memling terminó el tríptico en 1471, después de que Tani había sido trasladado a otra rama del banco, y se lo entregó a su sucesor, Tomaso Portinari. Contento con el resultado, Portinari envió el tríptico a Florencia a bordo de la galera «St. Matthew», de pabellón inglés. Grave error.



No era el mejor momento para enviar paquetería desde el mar del Norte pues sucedía la Guerra Anglo-Hanseática. La Liga Hanseática fue una federación comercial y defensiva de comunidades de lengua alemana en el mar del Norte y el Báltico. Palabras más, palabras menos, tenían conflictos comerciales con la otra potencia de la región, Inglaterra, y a falta de tinta y ecuanimidad, cañonazos e intransigencia les pareció una mejor opción. El «St. Matthew» fue capturado por un grupo de corsarios dirigido por el político y pirata-emprendedor Paul Beneke en abril de 1473. Beneke, concejal alemán del poblado de Danzig, capitán corsario y copropietario de la carabela «Piotr z Gdańska», abordó desde su barco la galera inglesa dirigida a Italia y de entre el preciado cargo del que se apropió, se agenció el valioso tríptico.



Como era de esperar, Portinari y los Médici se opusieron a la incautación y el caso se llevó a la corte papal. Palabras mayores en aquel tiempo. Y más si estabas por enfrentarte a los Médici. Pero Beneke se defendió sobre el argumento de que el expolio era un acto de guerra legítimo, ya que el cargamento en alta mar era propiedad del buque enemigo dentro del cual navegaba. Tras el ataque y con la carga enemiga confiscada, ahora él era el legítimo propietario. La patente de corso lo amparaba y el cuadro nunca fue devuelto. En cambio, terminó siendo donado a la iglesia de los Hermanos de San Jorge en Danzig y así terminó en el Templo de Santa María.



Hasta aquí la pintura ya había participado en una aventura seductora. No todos los días una obra maestra es robada por piratas y apelada frente a un Papa. Pero su historia no terminó ahí. A principios del siglo XVIII, durante la Guerra del Norte, el zar Pedro el Grande exigió el retablo en dos ocasiones. El ayuntamiento apenas pudo evitar que se llevaran la obra maestra. Algo que no sucedió en 1807, cuando el barón Vivan Denon llegó a Danzig, entonces ya ocupada por el ejército napoleónico, como el recién nombrado director de los Museos del Louvre. El «Juicio Final» fue enviado a París. Tras la caída de Napoleón en 1815, las autoridades prusianas robaron varias obras de arte y las llevaron a Berlín. Ahí fue a dar el tríptico de Memling. Dos años después, tras mucho esfuerzo y papeleo, el «Juicio Final» regresó a la iglesia de Santa María. Hasta aquí podríamos respirar con alivio y pensar que es un milagro que la pintura finalmente hubiera dejado de moverse, pero aún faltaba la Segunda Guerra Mundial. Si de milagro se salvó de la destrucción nazi, no corrió tanta suerte cuando llegó el ejército soviético, y terminó en el Hermitage como trofeo de guerra. Hasta 1956, tras más voluntad que burocracia, el tríptico fue devuelto a Danzig. Y ahí se mantiene hasta el día de hoy —muy a pesar de los italianos que aún hacen una que otra querella por recuperarlo—.



La agitada historia del tríptico de Hans Memling se extiende a lo largo de cinco siglos y está estrechamente relacionada con la historia de Europa. Sólo nos queda reflexionar sobre cuan excepcional es que, al igual que todo el arte al que tenemos acceso, se haya conservado hasta nuestros días. La sobrevivencia de esta pintura, así como de cualquier otra expresión de la cultura, está íntimamente ligada con nuestra capacidad de ver el valor de conservarla y, aún más, con nuestros esfuerzos por hacerlo. ¿En qué expresiones artísticas o culturales pones especial atención? ¿De qué manera pones tu grano de arena para conservar la cultura que te da identidad?



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Fuentes:

Górecka, Krystyna. 2007. LAST JUDGEMENT, triptych,. Último acceso: 08 de junio de 2022. https://web.archive.org/web/20070701003920/http://www.muzeum.narodowe.gda.pl/last_judgement.htm

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