Especial de Escocia- Jacobo VI: Entre coronas y atentados

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


Jacobo VI Estuardo


Era el año 1603 y la reina Isabel I de Inglaterra había muerto. Sin un descendiente inglés capaz de reclamar el trono, la solución a una crisis sucesoria solo podía venir de Escocia. Jacobo VI Estuardo, el pariente más cercano de Isabel por parentesco con Enrique VII Tudor, estaba a punto de reunir las dos coronas de la isla en su persona y habría de ser el primer líder en ostentar el título de “rey de Gran Bretaña”; aunque esto no le evitó enemigos que atentaran contra su vida.



El 5 de abril, Jacobo se fue de Edimburgo a Londres, con la promesa de regresar cada tres años a su tierra natal; nunca cumplió la promesa. A lo largo de su viaje al sur, los señores locales lo recibieron con espléndida hospitalidad, una multitud acudió a verlo al llegar a Londres y la Abadía de Westminster se desbordó con una decoración faustosa el día de su coronación. Un “césar” llegaba a su nueva “Roma” y era encantado por ella. Hasta ese día parecía que dejaba un trono de piedra por un lecho de plumas, o al menos así quisieron vendérselo. Sin embargo, la realidad de Inglaterra era otra, y tuvo que enfrentarse a varios problemas. Los monopolios y los impuestos habían desatado el descontento del pueblo llano, y los costos de la guerra que la corona inglesa había iniciado contra Irlanda escalaron a una suma considerable de £ 400,000 libras esterlinas de la época.



Con un mismo rey para Escocia e Inglaterra se inauguró un periodo conocido como “La época jacobina”, y si bien Jacobo se concebía como “Rex Pacificus” o “Rey de la paz”, lo cierto era que Europa aún se encontraba polarizada entre protestantes y católicos, la Guerra de los Treinta Años estaba a la vuelta de la esquina, y los roces religiosos podían sentirse en Londres. Ciertamente la actitud de Jacobo hacia los católicos ingleses era mucho más moderada que la de su predecesora, quien no dudo en dar muerte a María Estuardo, madre de Jacobo, en aras de conservar un trono anglicano en Inglaterra; no obstante, aún hubo represiones anticatólicas por parte del rey.



Fue así que el 26 de marzo de 1604, Robert Catesby, Thomas Winter, John Wright y Guy Fawkes se reunieron secretamente para intentar acabar con la represión anglicana. Fawkes tenía una larga experiencia en las artes de la guerra, pues había luchado en los Países Bajos en un regimiento de exiliados católicos ingleses bajo estandarte español, pero aun así el plan requería de más manos para tener alguna probabilidad de éxito, por lo que sumaron un total de 12 personas para hacer el trabajo sucio.



El atentado consistía en colocar unas cargas de pólvora en los sótanos del Parlamento para hacerlas estallar en la próxima ceremonia de apertura. Los doce conspiradores alquilaron una dependencia en los sótanos del Parlamento, y poco a poco fueron almacenando 36 barriles de pólvora, aguardando a que el rey accediera al edificio, a principios de octubre de 1605, para hacerlo estallar junto con los demás reunidos allí. Pero una epidemia de peste obligó a aplazar la ceremonia hasta el 5 de noviembre, lo que dio tiempo suficiente al conde de Salisbury, Robert Cecil, para enterarse del magnicidio y encabezar un contracomplot. Fue Cecil quien dio la orden de registrar todo el edificio. Habitación por habitación y piso por piso fueron descartando los lugares más sospechosos, hasta que, accediendo a los sótanos, bajo una tenue luz encendida con aceite, se desenmascaró la verdad: Guy Fawkes yacía rodeado de barriles de pólvora esperando el momento adecuado para encenderlos y escapar antes de ver los techos y suelos de la asamblea volar por los aires hasta el río Támesis.


Un grabado contemporáneo que retrata a ocho de los trece conspiradores, elaborado por Crispijn van de Passe. Fawkes es el tercero por la derecha


Fawkes fue torturado hasta que las Coronas Escocesa e Inglesa consiguieron más nombres del escuadrón de la muerte. Uno a uno los conspiradores fueron capturados y mutilados públicamente, para después darles muerte como escarmiento para futuros disidentes. Después del complot de la pólvora, Jacobo implementó unas medidas muy duras para los católicos en Inglaterra. Por ejemplo, en mayo de 1606, el parlamento aprobó la “Ley de recusantes papistas”, lo que obligaba a cualquier ciudadano inglés a jurar lealtad negando la autoridad del Papa sobre el rey; solo entonces el monarca Estuardo se tornaba tolerante con los católicos que habían asumido el juramento. Tras esta experiencia, Jacobo volvió a Escocia en 1617 por única ocasión después de su acceso al trono inglés, y lo hizo con el afán de implementar el ritual anglicano. Como era de esperarse, su intención no fue bien recibida por todos en casa, y a su muerte, en 1625, solo dejó una Iglesia en Escocia dividida; no obstante, si hay algo por lo que se le puede reconocer a este rey de origen escocés, fue su tenacidad en buscar activamente algo más que una simple unión personal de sus reinos, sino más bien el haber sentado las bases de un Estado británico unitario, un eco del pasado que aún puede escucharse al ondearse la afamada “Union Jack”.



Y tú, ¿escuchas algún otro eco del pasado a tu alrededor?



 

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