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La sociedad secreta de pintores

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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¿Qué puede ser más atractivo que un grupo de pintores? Simple: un grupo de pintores esotéricos con aspiraciones místicas y mucha imaginación. Te presento al grupo de pintores de los que aún no te han dicho nada.


El encuentro en la arboleda sagrada - Paul Sérusier


Los Nabis, un título prestado del hebreo y árabe para decir «profetas», fue un culto de arte simbolista fundado por Paul Sérusier al que se unieron seis de sus amigos pintores en la década de 1880. El principio rector de los Nabis era más conceptual que un estándar de pintura; Sérusier planteó que los artistas podían servir como «sumos sacerdotes» y «videntes» de la verdad invisible, fetichizando la subjetividad. Por supuesto que cuando se los planteó a sus amigos se quedaron igual que tú y yo, querido lector: no entendieron nada. Pero eso de ser una especie de ungido del arte les sonó importante y muy atractivo, después de todo el tren impresionista ya había dejado la estación y era momento de subirse a la siguiente corriente artística que «revolucionaría el mundo del arte». Así que se unieron en una especie de cofradía más o menos unificada por su manera de retratar experiencias y sentimientos a través de un lenguaje visual ingenuo y decorativo, con colores brillantes y líneas elegantes.



La hermandad consideró a Gauguin como modelo a seguir y le añadió a su estilo un poco de teoría literaria y una pizca de misticismo. El resultado fue un rechazo al naturalismo en favor de las preocupaciones espirituales, que —muy al estilo decimonónico— convocaban por medio de ceremonias ocultistas y esotéricas de su propia invención espolvoreadas con espiritualidad cristiana. En resumen, el miembro Maurice Denis declaró: «Una imagen, antes de ser un caballo de guerra, un desnudo femenino o alguna anécdota, es esencialmente una superficie plana cubierta con colores en un orden particular». Suena redundante, tal vez incluso demasiado directo para un grupo movido por la belleza del mensaje ulterior, pero es todo lo contrario. Esta declaración, y hacer arte con esa mentalidad, era algo innovador para la época y resultó un pilar para los pintores modernos del siglo XX: la pintura como poder transformador, y el artista como el alquimista que ordena los colores para crearla. El «sumo sacerdote» con la llave a la metamorfosis.


«Les Bois d'Amour a Pont-Aven» - Paul Serusier


La sociedad secreta de los Nabis mantuvo oculto su nombre hasta 1897. Se reunía en un estudio al que apodaban «El Templo» para cantar mantras portando capas, báculos y pentagramas. Ahí usaban como talismán una pintura de Sérusier, «Los bosques del amor en Pont-Aven», inspirada en el consejo directo que alguna vez le dio Gauguin. A este fetiche se acercaban los miembros en momentos de duda en busca de inspiración. Los miembros se referían a sus talleres como ergasteria, del griego ergasterion para un taller-tienda urbano. Terminaban sus cartas con las iniciales E.T.P.M.V et M.P, abreviatura de «en ta paume, mon verbe et ma pense»; en tu palma, mi palabra y mis pensamientos. Hasta aquí los Nabis suenan como la congregación de ocultistas que con magia cambiaría la realidad, pero hay que imaginarlos menos Illuminati y más como una fraternidad universitaria. Si bien el grupo se reunía bajo ciertos ideales, cada miembro interpretaba el mensaje como podía tomando en cuenta lineamientos generales.




Con todo, los Nabis destacan por anunciar el giro conceptual que décadas después concretó la abstracción. ¿Entonces por qué no son mucho más conocidos y venerados como la punta de flecha que fueron? La razón no es la clandestinidad, sino sus temas: interiores elegantes, jardines cuidados, idealizaciones simbolistas. Sus mujeres con peinados bellísimos en salones exuberantes o parques imposibles, aunque bonitos no son realmente conmovedores. Aún influenciados por la composición feroz de Gauguin y el impacto decorativo de Toulouse-Lautrec, la mayoría de las pinturas Nabis se sienten tibias, con poca presencia. Aun así, los Nabis tienen una distinción crucial que los separa de cualquier movimiento postimpresionista: a diferencia de las vanguardias, ellos no querían quemar el pasado, sino reacomodarlo. De ahí que el estado de ánimo general de sus pinturas sea moderado. Después de todo, ellos buscaban ser una puerta hacia la belleza, no cuestionarla o destruir el concepto; como más adelante se vieron orillados a hacer los artistas que vivieron la historia de sangre que caracterizó al siglo XX. Los Nabis son más que su uso sinérgico del color y la línea —o los mantras, reuniones y manifiestos—, sino el último bastión de una sociedad que aún valoraba la espiritualidad, el pasado y su herencia. Son una reliquia que quedó a la mitad del camino hacia el modernismo de la cual aún se puede rescatar su concepción acerca de la importancia de crear y proteger la belleza para trascender.


«El vestido estampado» - Edouard Vuillard


Si tú también crees que del pasado hay cosas que debemos recuperar, puedes tomar la decisión de fomentarlo. A lo largo de los siglos, la desidia y el olvido han destruido más cultura que la censura y el fanatismo. La forma más fácil de salir de las filas de dictadores, atracadores, inquisidores, censuradores y todo tipo de canallas, es promoviendo la conservación y expansión de la cultura. Por suerte, lo puedes hacer con simples clics en tu pantalla para seguirnos en nuestras redes sociales. Venga, que no se te acaban los clics y es la mejor manera de enterarte cuando salgan publicaciones nuevas. Da clic aquí y síguenos: Facebook, Instagram.


Recuerda que la cultura es una cadena que debemos proteger y a la que debemos sumar. Por favor no la rompas por apatía.



 


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Fuentes:


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