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Cuando la belleza nos salvó del infierno

Actualizado: 22 de ago de 2020

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


Bienvenido de vuelta. ¿Has escuchado la frase: “La belleza salvará al mundo”? Es una frase que fácilmente desacreditamos como irreal, idealista e impráctica. Creo que es muy pronto para menoscabar una idea tan poderosa.


Esta es una primera edición de la novela “El idiota”, del autor ruso Fiódor Dostoyevski. En ella plasma en la boca del príncipe Myshkin la idea de que la belleza es lo que salvará al mundo. El autor, sensato, sabe que una idea tan aparentemente ilusa sería despreciada y sujeta a burlas por parte del resto de los personajes. Sin embargo, ¿estaba el príncipe, y con él Dostoyevski, tan alejados de la realidad? La historia nos muestra lo contrario.


Desde 1947 en Estonia se celebraba el Festival de la Canción. En esa primera edición la canción de Lydia Koidula, "Mu isamaa on minu arm" ("Tierra de mi Padres, tierra que amo"), despertó el patriotismo estonio y durante cincuenta años fue una constante declaración musical del deseo de libertad. A pesar del intento soviético por prohibirla, para el festival de 1969 los coros del escenario y la audiencia la cantaban tan fuertemente que ahogaron el fallido intento de los rusos por extinguir el canto con una banda militar. Cien instrumentos nunca serán rival para cien mil voces. Voces que por años, continuaron entonando este canto de libertad sabiendo que sin violencia el régimen no podría hacerles nada. Con este sentimiento en sus corazones, 1991 marcó un momento crítico. Los tanques soviéticos intentaron detener el progreso hacia la independencia cuando el Soviet Supremo de Estonia, junto con el Congreso de Estonia, proclamó la restauración del estado independiente. Los civiles actuaron como escudos humanos para proteger de los tanques soviéticos las estaciones de radio y televisión en donde se daba el anuncio de la independencia. El canto frenó las balas y no hubo derramamiento de sangre. La Revolución Cantada es como se llama a los sucesos que concluyeron con la reinstauración de la independencia de los estados bálticos: Estonia, Letonia y Lituania.


Por su parte, algunas décadas antes y al otro lado de Europa, por las calles de Lisboa caminaba Celeste Martins Caseiro. Ella, a falta de tabaco, entregó a un soldado un clavel. Este lo puso en su fusil. El mismo gesto lo repitieron sus compañeros introduciendo claveles en sus armas como señal de no querer dispararlas. De esa manera, el clavel se convirtió para los portugueses en un símbolo de la revolución pacífica que los liberaría del régimen autoritario de António de Oliveira Salazar, un hombre ultraconservador y cruel, que se inició en el gobierno en 1926 como ministro y permaneció en el poder hasta 1968, cuando un derrame cerebral lo incapacitó para continuar. Durante años el pueblo portugués sufrió de censura de prensa, fiero control del sistema judicial y la prohibición de partidos y manifestaciones.


El 24 de abril de 1974 inició un golpe de estado con la emisión radiofónica de la balada “E Depois do Adeus” , de Paulo de Carvalho, emitida a las once menos cinco de la noche. A media mañana, las fuerzas encargadas de reprimir el golpe se encontraron frente a frente con los sublevados. El jefe de la unidad leal al gobierno, en lugar de ordenar disparar contra los rebeldes, mandó dar media vuelta y unirse a ellos. Las calles rápidamente se vieron invadidas por una multitud pacífica, dispuesta a librarse de una dictadura que llevaba décadas soportando. Fue en esa escena en la que Celeste entregó el símbolo de la lucha: el clavel. Cientos de claveles llenaron las calles de Lisboa, un símbolo que llevaría a los portugueses a la libertad pacífica.


Parafraseando las palabras del chelista Rostropovich, el hombre ha bajado a los infiernos más atroces de la historia; pero, a través del arte, del perdón y la compasión que despiertan de la belleza, nosotros podemos seguir viviendo y transmitiendo nuestra confianza y nuestra esperanza. Así es como la belleza nos hará libres.


¿Crees que el príncipe Myshkin estaba en lo correcto? ¿Deberíamos replantear a quién calificamos como idiota y revisar con humanidad lo que tal vez nos pueda enseñar?


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[Revolución de los claveles (izquierda) y Festival de la canción en Tallin (derecha)]



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