El libro de los muertos

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


El místico Sortilegio 17, del Papiro de Ani. La viñeta superior ilustra, de izquierda a derecha, al dios Heh como una representación del mar, una puerta de entrada al reino de Osiris, el Ojo de Horus, la vaca celestial Mehet-Weret y una cabeza humana emergiendo de un féretro custodiado por los cuatro Hijos de Horus.

 

Una obra fundamental del antiguo Egipto, tan extensa como 40 metros de papiro y tan cara como la mitad del pago anual de un campesino. «El libro de los muertos» consistía en una serie de sortilegios mágicos destinados a proteger a los difuntos en el Más Allá, eran hechizos capaces de sortear los obstáculos más peligrosos, desde feroces cocodrilos, pasando por monstruos sanguinarios, hasta llegar a la temible serpiente Apofis, un ser malévolo capaz de forzar el caos y destruir el orden cósmico. Solo el uso correcto del libro podía asegurar a las almas alcanzar el paraíso, aunque no todas lograban superar la última prueba.



«El libro de los muertos» era parte de una tradición de textos mortuorios, que además de plasmarse en papiro, también se inscribía sobre muros de tumbas o en los féretros. El poder que la civilización egipcia dotaba a los versos del libro procedía del carácter mágico de la palabra escrita y pronunciada bajo ritual. Por lo tanto, magia y religión eran fusionadas cuando el sacerdote recitaba las primeras formulas en un entierro para así despertar los sentidos del alma que iniciaba su viaje al inframundo montado en la barca de Ra, el dios Sol.



Se creía que el trayecto era subterráneo e iba de oeste a este en dirección al amanecer. A diferencia de las religiones modernas, los males de un infierno podían perder a las almas egipcias en su camino al paraíso, por lo que se les daban todos los versos necesarios para defenderse. Si el alma era capaz de superar todos los obstáculos malignos, incluida la serpiente Apofis, que solo podía vencerse mediante la fórmula:



“Que seas sumergido en el lago del Nun, en el lugar establecido por tu padre para tu destrucción. […] ¡Retrocede! ¡Se destroza tu veneno!”.



Entonces llegaba a un laberinto protegido por 21 puertas. Ante cada una de ellas el difunto debía pronunciar un texto determinado, mencionando el nombre de la puerta, del guardián y del pregonero. Si era digno, entonces cada puerta le decía:



“Pasa, pues eres puro”.



Una vez fuera del laberinto, el viajero llegaba a la Sala de la Doble Verdad, para que un tribunal formado por 42 jueces y presidido por Osiris, señor de los muertos y el renacimiento, juzgara su vida. Ante los dioses, el alma debía hacer la confesión negativa, según recogía la fórmula 125 del libro:



"¡Yo os conozco, Señores de Verdad y Justicia! Yo os traigo lo Justo y he acabado con el mal. Yo no he hecho daño a los hombres. Yo no he oprimido a mis consanguíneos […]”



Tras haber superado los peligros, laberintos y acertijos del Más Allá, esta confesión negativa daba inicio a la última prueba: el peso del corazón.



Anubis, el dios chacal de la momificación, sostenía una balanza y sobre uno de los platos colocaba una pluma de avestruz, la pluma de Maat, que simbolizaba la justicia; mientras que en el otro plato depositaba el corazón humano, simbolizando las acciones realizadas por el alma a ser juzgada. La única forma de pasar la prueba era si la pluma y el corazón permanecían en equilibrio, reflejando un corazón noble y justo.



Era tan importante esta prueba que los antiguos egipcios elaboraban un objeto mágico específico para ella. Sobre el corazón del cuerpo momificado colocaban el escarabeo del corazón, un amuleto en cuyo reverso se podía leer la fórmula 30 del Libro:



"¡Oh, mi corazón de [mi] madre! ¡Oh, mi corazón por el cual existo en la tierra! ¡No te levantes contra mí como testigo! ¡No te opongas contra mí entre los Jueces! ¡No estés contra mí delante de los dioses! ¡No seas intransigente contra mí delante del gran dios Señor del Occidente!".



Ahora, si los dioses proclamaban un mal veredicto porque el corazón pesaba más que la pluma, el alma era entonces considerada impura y arrojada al Ammyt, el devorador de los muertos, un ser con cabeza de cocodrilo, patas traseras de hipopótamo, melena, torso y patas delanteras de león. Este fatal destino espiritual significaba la segunda muerte y suponía que el difunto dejaba de existir para la historia de Egipto. Por lo tanto, solo aquellos de corazón justo eran capaces de acceder al paraíso egipcio llamado los Campos de Ialu y de congratularse exclamando:



"Aunque yazgo en la tierra, yo no estoy muerto en el Occidente porque soy un Espíritu glorificado para toda la eternidad".


El Juicio de Osiris representado en el Papiro de Hunefer (1275 a. C.)

 

Si bien «El libro de los muertos» tenía un sentido religioso para los egipcios, la realidad es que caían en un esfuerzo gnóstico por escudriñar todos los secretos después de la muerte y realizar una guía para superar el Más Allá, sin aceptar misterios superiores a su comprensión; de cierta forma buscaban seguridades más allá de lo comprobable. ¿Consideras que hay algo semejante en el hombre del siglo XXI? ¿somos a caso capaces de vivir sin la necesidad de tener todo trazado y bajo control, incluida nuestra vida futura?


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