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El paraíso que nadie dañó

Actualizado: 22 de ago de 2020

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Pasa rápido. Tengo para ti una pieza procedente de una tierra de guerreros, conquistadores y mercaderes.



Este es un fragmento de loza con incrustaciones de turquesa opaca y acristalamiento blanco y azul, procedente de una de las ciudades más antiguas del planeta. Testigo de las fuerzas invasoras de Alejandro Magno y Gengis Kan, punto crucial de la Ruta de la Seda y capital del sanguinario Tamerlán, con más de 2,700 años de antigüedad, fundada en el 700 a.C. por los sogdianos, Samarcanda ha sido un punto de cruce entre civilizaciones.


La historia de esta ciudad en el actual Uzbekistán se remonta al siglo II a.C. cuando llegaron los primeros comerciantes chinos interesados en los caballos locales. De esos humildes inicios la ciudad llegó a crecer hasta tener los mercados más afamados de la Ruta de la Seda y a convertirse en la capital de imperios, siendo el más famoso el del gran Timur, conocido comúnmente como Tamerlán. Este emperador contrató a los mejores arquitectos e ingenieros disponibles con la intención de crear la ciudad más bella del mundo, desarrollando una variante del arte islámico llamado Timúrida. La evolución artística de la ciudad se puede observar en la necrópolis de Shah-i-zinda, en donde los mausoleos Timúridas resaltan por su belleza.


Shah-i-zinda comenzó con un único monumento religioso hace más de 1,000 años para marcar la tumba del primo de Mahoma, Kusam ibn Abbas. Templos y mausoleos se fueron agregando desde el siglo XI hasta el XIX, resultando en una fascinante mezcla de estilos y métodos que sorprenden por haber sobrevivido la turbulenta historia de Samarcanda repleta de guerras, invasiones y cambios de poder. La conservación de este lugar nos indica que siempre ha sido un lugar respetado por gobernantes y ejércitos, incluso por aquellos con ideas distintas.


¿Qué es lo que hacía que estos mausoleos se cuidaran a toda costa? ¿Su belleza o su función religiosa son parte de la razón? ¿O puede que sea algo más profundo como el deseo humano por trascender y que nos impulsa a respetar lo que otros hicieron esperando que, de esta manera, las generaciones que nos sigan respeten lo que hayamos dejado atrás?


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