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Explosiones del zar nuclear

Actualizado: 23 de ago de 2020

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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¿De nuevo por aquí? Qué gusto. Pasa, pasa. Esta obra te interesará.

¿Ya viste “Chernóbil” de HBO?



Recordarás la pintura que aparece al final de un elegante pasillo en Moscú, justo antes que Boris Shcherbina y Valery Legasov entraran a explicar los avances de la contención de la tragedia al Buró Político del Comité Central del Partido Comunista. ¿Cuál tragedia? En abril de 1986, en la República Socialista Soviética de Ucrania (parte de la Unión Soviética), se produjeron desequilibrios en el reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin (a 3 km de la ciudad de Prípiat y 18 km de la ciudad de Chernóbil), que sobrecalentaron el núcleo, haciéndolo explotar y expulsando material radioactivo a la atmósfera. La cantidad liberada superó 500 veces la bomba atómica de Hiroshima, causó la muerte de incontables personas en las siguientes décadas, llevó a la evacuación de al menos 116,000 personas y a una alerta internacional que afectaba al menos 13 países de Europa central y oriental. Un desastre en pocas palabras.


Sin embargo, la realidad es que el incidente se dio por una serie de factores científicos desatados por la incompetencia de los títeres que dirigían la planta, el poder absoluto que tenía un poder central a kilómetros de distancia sin ningún conocimiento científico o técnico acerca de una planta nuclear, así como la ineptitud de una serie de burócratas que sólo buscaban su permanencia en el partido tratando de congraciarse con sus superiores. En resumen, la causa real fue el poder que se seducía a sí mismo para creer que su autoridad era suficiente para controlar cualquier situación por simple superioridad jerárquica.


El partido socialista soviético fue quien, en su egocentrismo, censuró a quienes trataron de corregir su programa nuclear, favoreciendo la mentira y el ahorro económico sobre la verdad y la seguridad. Sin embargo, los que sufrieron las consecuencias de estas decisiones no fueron quienes las tomaron, sino el mismo pueblo que, irónicamente, el socialismo pretendía poner al frente de las prioridades. El proletariado -protagonista e inspiración de la revolución bolchevique y del Estado Soviético- fue quien sufrió la embestida de la realidad contra las quimeras creadas por la cúpula que dirigía la U.R.S.S.


La promesa de un gobierno que se debe dedicar a cuidar a su población, es representada en la miniserie de HBO por medio de la figura de la paternidad. En más de una forma, el guión presenta figuras paternales (una mujer embarazada, un capataz, un director, un líder militar) que ponen en riesgo a sus hijos tomando decisiones que los llevarán a su muerte. Pero la diferencia está en que aquellos que forman parte del mismo grupo al que lideran dan su vida, literalmente, al tomar las decisiones que sacrificarán a sus hijos metafóricos; mientras que aquellos que no (políticos o militares de alto rango) sólo sacrifican a sus hijos, hipotecando la continuidad a cambio de la inmediatez, la persistencia a cambio del corto plazo, la verdad innegable por la mentira que caducará.


En este cuadro que aparece en el pasillo del Politburó, en referencia al original de Ilía Repin en la Galería Tretiakov de Moscú, se ve al zar Iván IV, el Terrible, y a su primogénito Iván Ivanovich. En 1581, Iván el Terrible, en uno de sus característicos ataques de cólera, trató de golpear a la esposa de su hijo por no usar ropa ortodoxa mientras estaba embarazada. Su hijo, tratando de defender a su esposa, se enfrentó al zar, quien le dio un golpe en la sien con su cetro. El golpe lo mató. En el cuadro vemos al zar arrodillado, descubriendo su terrible error mientras trata inútilmente de sujetar la vida que se escapa de su heredero. Lleno de arrepentimiento se da cuenta como su poder lo llevó a tomar una decisión que sacrificó a aquello que más amaba y que prorrogaría su dinastía. El cuadro en la miniserie se utiliza como un símbolo de esa ceguera política. Al igual que el zar, el Politburó sacrificó a su mismo pueblo, su hijo, aquello que aplazaría su existencia, a cambio de un arrebato momentáneo que no tenía mayor objetivo que su propia confirmación cimentada en mentiras.


¿Qué nos puede enseñar el pasado al momento de tomar decisiones en el presente? ¿Estamos condenados a repetir nuestros errores como humanidad o podemos reinterpretar nuestra historia para evitar caer en lo que nuestra condición parece habernos condenado mientras evadamos la verdad?

Entonces, dime, ¿te llevas el cuadro?




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