La misteriosa Isla de Pascua

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


Moáis de la Isla de Pascua


Era el domingo de Pascua de 1722, y el explorador neerlandés Jakob Roggeveen, tras meses de navegación cruzando el Atlántico y atravesando el Cabo de Hornos, el punto más austral de Sudamérica, finalmente alcanzó una misteriosa isla a la que llamó: Isla de Pascua. Rodeada por las aguas del Océano Pacífico y coronada por los volcanes Maunga Terevaka, Puakatiki y Rano Kau, esta inhóspita tierra fascinó la imaginación de Jakob y su tripulación cuando gigantescas cabezas de piedra se alzaron frente a sus ojos. El lugar tenía una esencia particular y era claro que estos monumentos o moáis, como los locales los llamaban, eran los responsables de ello.



Reconocida como la isla más apartada del núcleo de la cultura polinesia por ubicarse al frente de las costas chilenas, la Isla de Pascua ha sido el hogar del pueblo Rapa Nui desde el siglo XIII d.C., tiempo en el que los primeros colonizadores polinesios decidieron construirse un nuevo hogar allí. Las creencias de los antiguos Rapa Nui se sustentaban en la veneración de sus difuntos, por lo que era una práctica común que tallaran figuras de sus ancestros llamadas moáis. Estas monumentales formas monolíticas de cabezas alargadas, que también pudieron ser consideradas la encarnación de poderosos jefes e importantes símbolos de estatus dinástico, fueron delineadas y labradas en roca volcánica para dejar un registro palpable de la “santidad” de los antiguos jefes locales. Es decir, entre más larga o grande fuera la cabeza más importante era el personaje que deseaban representar. Sin embargo, lo que nos muestra la superficie son solo 3/5 partes de la escultura real, pues por debajo de la tierra yace el resto de la figura.




Aunque a menudo los moáis son llamados “cabezas de la Isla de Pascua”, lo cierto es que son estatuas de cuerpo entero y la gran mayoría han sido enterradas hasta los hombros, dejando solo la parte superior al descubierto. De hecho, la altura promedio de un moái es de aproximadamente 4 metros, con un ancho promedio en la base de alrededor de 1.6 metros, marcas estilo códice en el torso que fueron protegidas de la erosión, y un peso de alrededor de 12.5 toneladas o dos elefantes adultos.



¿Cómo pudieron transportarlos? Ciertamente es un tema alrededor del cual aún giran varias incógnitas. Sin embargo, algunos investigadores han asumido, con gran probabilidad, que el proceso requería de energía humana, cuerdas y posiblemente trineos de madera y/o rodillos, así como pistas niveladas a través de la isla, mejor conocidas como Caminos de la Isla de Pascua. Ahora bien, un estudio reciente argumenta que los locales hacían “caminar” a las estatuas sujetándolas con cuerdas desde dos lados y al ritmo de canciones, desarrolladas para aumentar la coordinación y la cohesión del grupo, cada bando tiraba en el momento oportuno para mover, poco a poco, las 12 toneladas de roca volcánica que se erguían frente a ellos con el siempre latente peligro de caer sobre sus diminutos cuerpos.


Cartografía de la Isla de Pascua en el siglo XVIII – Bahía La Perouse


¿La motivación para hacerlo? Varios arqueólogos sugieren que las estatuas no eran solo símbolos de autoridad y poder, tanto religioso como político, sino que también eran considerados depósitos de un espíritu o esencia sagrada llamada mana, el cual, de acuerdo a las creencias polinesias, otorgaba protección a los habitantes, fertilidad al suelo y dirección a los perdidos en el mar, como los siete Ahu Akivi tipo de moáis que miran hacia el océano para ayudar a los viajeros a encontrar la isla. Tal y como lo hicieron en su momento con Jakob y su tripulación.



La producción de moáis no duró para siempre; de manera repentina la isla vivió una revolución religiosa donde una nueva deidad llamada Make-Make o el creador de la humanidad, desplazó el culto a los antepasados con un nuevo símbolo, el “hombre-pájaro”.



Y tú, frente a toda la modernidad del siglo XXI ¿aún logras percibir aquel deseo humano por conmemorar a los antepasados o emprender la búsqueda de nuestro Creador?



 


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