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¿Partir o volver?

Actualizado: 23 de ago de 2020

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea

Hacia mediados del siglo XVIII, gran parte de la intelectualidad europea afirmó su deseo de disipar las tinieblas de la ignorancia mediante las luces del conocimiento y la razón, dando inicio al conocido periodo como la Ilustración. Con principios conocidos, aunque no democratizados, como libertad, igualdad y fraternidad, la pujante ideología del momento despertó entre las desigualdades sociales para entonces encausar al pueblo francés en uno de los capítulos más turbulentos de Europa: La Revolución Francesa y el régimen del Terror de Robespierre.



De entre el horror y el caos revolucionarios, no fue sino hasta 1804 que los ideales ilustrados lograron cobrar forma y estructura bajo el Código Napoleónico, dando un carpetazo al antiguo régimen francés de remanencias feudales. A pesar de las incongruencias derivadas de un gobierno personalista como el de Napoleón Bonaparte, su iniciativa logró establecer igualdad jurídica entre los ciudadanos, individualidad de la propiedad, libertad de trabajo y libertad de conciencia. Sin embargo, no todos en Europa celebraban estos logros ilustrados y revolucionarios.



A la par de las fases vividas en Francia a mediados del siglo XVIII y principios del XIX, las élites austriacas y prusianas, temerosas de un destino similar al de la monarquía francesa, aprovecharon las ideas políticas del Romanticismo Alemán para enfrentar a la modernidad con una idealización del orden feudal, a lo universal con relativismo cultural, a las libertades individuales con sacrificios propios en favor del común, a la experiencia sensible y racional con la exaltación de los sentimientos, y a la crítica ilustrada de la tradición con el resguardo de la continuidad.


Ambos movimientos, si bien distintos, no pudieron escapar de destinos e implicaciones autoritarias. Por un lado, el extremismo revolucionario ilustrado, promotor del rechazo de la tradición, llevó a un aplastante dominio de la “razón” encarnado en el inquisitorio terror de Robespierre; mientras que, por el otro, el abuso de las ideas del Romanticismo Alemán con fines propios, volvió a Prusia y Austria a sus raíces germanas para de allí impulsar un nacionalismo étnico alemán en contra de Francia, marcando, sin saberlo, un precedente para el nacionalsocialismo alemán del siglo XX.



Y nosotros ¿cuán lejos hemos ido? ¿Lo suficiente para reconocernos necesitados de raíces y volver la mirada a nuestro origen? o ¿cuán poco nos hemos movido y estamos necesitados de partir y conocer más allá de nuestro origen? Cualquiera de los dos, ambos caminos nos volverán al equilibrio.


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(La libertad guiando al pueblo- Éugene Delacroix/ El caminante sobre el mar de nuves-Caspar David Friedrich)




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