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Perdimos el oro del Rey

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Muchos creen que las minas del rey Salomón son tan reales como la fuente de la eterna juventud, las siete ciudades de Cíbola o El Dorado. No tan rápido...



Óstraco de Bet-Horon

 

En 1946, durante las excavaciones arqueológicas de Tell Qasile en Tel Aviv, se descubrió un pequeño fragmento de cerámica. Este trivial pedazo de arcilla de apenas unos centímetros tenía tallada una inscripción. Este óstraco describe: «Oro de Ofir para Beth-Horon: 30 siclos». Bet-Horon, a 18 km al noroeste de Jerusalén, era una ciudad que fungía como almacén y centro administrativo durante el período de Salomón; y la inscripción le adjudica oro proveniente de Ofir, el nombre del país del cual —según el Tanaj y la Biblia (Isaías 13:12)—provenía el oro más precioso de la época y una fuente inagotable de riquezas. Atraído por su abundancia, Salomón, con la ayuda del rey fenicio Hiram, construyó barcos en Ezión-geber, hoy Eilat, un ciudad portuaria en la ribera del Mar Rojo dentro del Golfo de Áqaba, y envío marineros experimentados hacia el puerto de Ofir (1 Reyes 9:26-28).

 

El problema: no queda registro de dónde quedaba Ofir. Abundan las teorías. Algunos estudiosos apuntan a la costa suroeste de la India; otros más al sur, hacia Sri Lanka. Hay quienes extienden la distancia hasta la península de Malaca, mientras que otros la acortan al sur de la arábica en donde se cree que se localizó el reino de Saba, gobernado por Bilqis, la reina que cautivó a Salomón por su inteligencia, belleza y riqueza. Los más aventureros localizan la ciudad en Mashonalandia, tierra adentro en el reino de Zimbabue, mientras que los más imaginativos apuntan a Australia o Sudamérica. Para poder acotar el mapa no queda otro remedio que acudir a los textos de la época, y que quedaron recogidos en la Biblia.




 

2 Crónica 9:21 asegura que los barcos regresaron tres años después y lo hicieron cargados de oro, plata, marfil, monos y pavorreales. Teniendo en cuenta que en aquella época alcanzar el Océano Pacífico y volver a buen puerto era, por decir poco, improbable, nos quedan las opciones de Arabia, India, las costas del sureste asiático o el este de África. Si la distancia recorrida en tres años no termina de descartar la península arábica, sí lo hace el contenido de los barcos. Ahora bien, en la misma fuente bíblica, las palabras hebreas escritas para marfil, mono y pavorreal son extranjeras y parecen provenir de la India. Si los viajeros volvieron con productos exóticos, es probable que los llamaran con los nombres con los que se los vendieron. Aun así, la etimología no resulta concluyente y aquellos más apegados a la crónica histórica señalan los informes de faraones egipcios que enviaban expediciones al reino de Punt, actual Zimbabue, en busca de productos muy similares a los traídos por la expedición salomónica.



La visita de la reina de Saba al rey Salomón - Edward Poynter

 

Lo que sí es conocido es que la riqueza de Salomón aumentó a alturas incontables: copas hechas de oro, escudos del mismo metal, doce esculturas relucientes de leones y otras doce de águilas que en conjunto subían por la escalinata que llevaba hasta un trono de marfil cubierto de —así es, querido lector— más oro. El templo de Jerusalén quedó adornado con más de 3,000 talentos de oro, una valoración equiparable a los cuatro mil millones de dólares. Nada de esto sobrevive hasta nuestros días tras la invasión babilónica, la destrucción del templo por órdenes de Nabucodonosor II, así como por las eventuales invasiones romanas. No obstante, la antigua región de Ofir, fuente de riquezas inconcebibles, despertó la imaginación de exploradores y conquistadores durante siglos. Los portugueses aseguraron haberla encontrado en las costas africanas, Cristóbal Colón en Haití, el corsario Walter Raleigh en Surinam y, quizá el caso más relevante hasta hoy, el navegante Álvaro Mendaña creyó haberla encontrado en un archipiélago en el Pacífico y que bautizó con el nombre de islas Salomón. Con una decepción tras otra en el imaginario colectivo, Gaspar de Escalona Agüero, político del virreinato del Perú, se conformó con señalar a Ofir como las minas de Potosí —y de paso ganar méritos con el rey Felipe IV al compararlo con Salomón—.

 

Búsquedas infructuosas, señales contradictorias, mapas equivocados, leyendas increíbles y el simple paso del tiempo, acabaron por archivar a las minas del Rey Salomón en la categoría de lugares ficticios. La Historia, amiga de las coincidencias irónicas, decidió rescatarlas con un trozo de desecho administrativo. Un lugar imposible, aclamado por su opulencia, terminó siendo rescatado por un sencillo pedazo de arcilla rota, la comprobación más importante que tenemos de la existencia de las minas de Salomón.

 

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Fuentes:

Bala'a, Marianna. 2020. Proof of the Mystical ‘Gold of Ophir’ Discovered. 13 de diciembre. Último acceso: 19 de marzo de 2024. https://armstronginstitute.org/298-proof-of-the-mystical-gold-of-ophir-discovered.

Biblia. s.f. 2 Cr. 8.1-18. Último acceso: 19 de marzo de 2024. https://www.biblegateway.com/passage/?search=1%20Reyes%209&version=RVR1960.

Jewish Virtual Library. 2024. Ophir. Último acceso: 19 de marzo de 2024. https://www.jewishvirtuallibrary.org/ophir.

Mazar, Benjamín. 1951. Two Hebrew Ostraca from Tell Qasîle. octubre. Último acceso: 19 de marzo de 2024. https://www.jstor.org/stable/542173.

Real Academia de la Historia. 2024. Gaspar de Escalona y Agüero. Último acceso: 19 de marzo de 2024. https://dbe.rah.es/biografias/33761/gaspar-de-escalona-y-aguero.

Souvay, Charles. 1911. Ophir. Último acceso: 19 de marzo de 2024. https://www.newadvent.org/cathen/11259b.htm.

The Editors of Encyclopædia Britannica. 2024. Ophir. Último acceso: 2024 de marzo de 19. https://www.britannica.com/place/Ophir.

 

 

 

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