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Platón en el Jardín Zen

Actualizado: 23 de ago de 2020

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea

[Jardín Zen-Templo Ryoanji (龍安寺), Kioto]


Cuando se encontraban reunidos un gran número de discípulos, el Buda los aproximó para enseñarles; en aquella ocasión, en lugar de hablar, simplemente levantó con una de sus manos una flor de loto y, sin decir nada, esbozó una sonrisa. Tan solo uno de sus discípulos entendió esta lección y su nombre era Mahakashyapa, fundador del budismo zen.


El budismo zen, además de tomar a la meditación como vía directa para alcanzar la iluminación, busca la experiencia de la sabiduría más allá del discurso racional, intentando en todo momento lograr percibir la verdadera naturaleza/esencia de las cosas (kensho/見性). Entre sus formas de expresión, el jardín zen cautiva al espectador por su simplicidad, belleza, y paz que refleja. Desde sus elementos básicos como la arena o las piedras, el jardín es un espacio metafórico para evocar el kensho; la arena rastrillada representa el mar y las piedras pueden representar montañas o inclusive islas.


Previo a la creación del budismo zen (s. 6 d.C), el filósofo griego Platón cayó en cuenta del kensho o esencia de las cosas. En su denominada Teoría de las Formas, Platón divide al reino de las cosas del reino de las ideas; es decir, él plantea al reino físico o de las cosas como mera sombra o imagen de la verdadera realidad: el reino de las ideas. Así como en el jardín zen la arena rastrillada en ondas es el mar, sin serlo, y las rocas son montañas o islas, sin realmente serlo; Platón reconoce que los objetos pueden así mismo remitirnos a ideas o conceptos inmutables.


El orden, la simpleza, la serenidad y la belleza, son conceptos que podemos encontrar en un jardín zen, siendo esto así, ¿a qué ideas nos remite nuestro entorno? ¿podemos realmente percibir el kensho del que habló Platón o se percató Mahakashyapa?


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