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Romanos de virtud – Alejandro Severo

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


Alejandro Severo


Entre el ruido de las legiones y el eco de las traiciones, hubo hombres que entendieron el poder no como botín, sino como carga; no como privilegio, sino como deber. En este especial llamado “Romanos de virtud” exploraremos algunos personajes de la Antigua Roma que, en contextos de crisis, corrupción o decadencia, alcanzaron los más altos cargos del Estado y optaron por preservar la virtud.



Nicolás Maquiavelo, el escritor florentino y autor de la afamada obra política “El Príncipe” llegó a referirse a Alejandro Severo, emperador de Imperio Romano, como un ser humano afable, de vida modesta y amante de la justicia. Fue, según quienes lo conocieron y quienes han relatado su historia, un hombre virtuoso en un mundo en crisis.



Previo al ascenso al trono de Alejandro Severo, el Imperio romano era gobernado por Heliogábalo, un hombre desenfrenado y de múltiples vicios que sumió a Roma en un torbellino de desorden y confusión. Historiadores del momento relatan cómo Heliogábalo hacía caso omiso de las tradiciones religiosas, al punto de reemplazar al dios Júpiter, cabeza del panteón romano, por su dios El-Gabal, una antigua deidad solar siria del que él mismo era sacerdote. Es más, Herodiano nos narra también que el emperador obligaba a los senadores a mirar mientras él danzaba en torno al altar de la deidad al son de tambores y címbalos. Pero aquello no era todo, Heliogábalo también es recordado por una vida sexual que dio mucho de qué hablar, pues se cuenta cómo se pintaba los ojos, se depilaba y lucía pelucas para prostituirse en tabernas, en prostíbulos, e incluso en el palacio imperial, dónde también llegó a ofrecer fiestas opulentas, decadentes y en ocasiones mortales.


Las rosas de Heliogábalo por Lawrence Alma-Tadema (1888)


Su abuela y su madre temían que Heliogábalo perdiera el apoyo popular y militar debido a sus excesos y extravagancias, por lo que decidieron preparar con gran esmero al joven Alejandro Severo como sucesor al trono. Además de haber instruido a Alejandro en todas las artes, en el derecho y en instrucción militar, madre y abuela consiguieron que Heliogábalo lo nombrara sucesor al trono.



Tras el asesinato de Heliogábalo en el 222 d.C., tanto el Senado como el pueblo aceptaron a Alejandro Severo como el nuevo emperador. Fue proclamado emperador con trece años, por lo que el gobierno quedó, en gran parte, en manos de su madre y, especialmente, en las de su abuela. De inmediato, ambas se dedicaron a sanear las finanzas que habían quedado arruinadas por Heliogábalo y, al alcanzar la mayoría de edad, Alejandro devolvió los templos dedicados a El-Gabal a sus funciones originales, regresando la piedra sagrada de esa deidad a Siria. Había ganado el favor del conservadurismo romano.



Bajo la influencia de su madre, Alejandro hizo mucho para mejorar la moral y la condición del pueblo, así como para realzar la dignidad del Estado romano. Empleó a juristas destacados para supervisar la justicia, aumentó la participación del Senado en la toma de decisiones y mejoró la administración pública recortando el lujo excesivo y la extravagancia de la corte imperial. A su vez, durante su reinado, se aligeraron los impuestos; se fomentaron la literatura, el arte y la ciencia; y, para comodidad del pueblo, se instituyeron oficinas de préstamos para prestar dinero a una tasa de interés moderada. Sin embargo, el descontento hacia él vino del ejército.



Moneda de oro con el rostro de Alejandro Severo (222-235)


Como emperador, Alejandro enfrentó dos grandes guerras, una contra el Imperio sasánida en Medio Oriente, el cuál deseaba recuperar los antiguos territorios del gran Imperio aqueménida (550-330 a.C), y otra contra las tribus germanas en Europa Central. Aunque Alejandro reunió un ejército para defender el territorio romano frente a los sasánidas, las pérdidas en ambos lados fueron enormes. Al final, Ardacher, rey de los sasánidas, decidió retirarse, lo que Alejandro interpretó como una victoria. Con un lado resuelto, el emperador romano enfocó su atención en Europa, donde los germanos amenazaban el statu quo del continente. Siguiendo el consejo de su madre, y agotados tras la carnicería vivida en la frontera oriental del imperio, Alejandro decidió ganar tiempo enviando regalos a los enemigos, hecho visto como una ofensa por sus propios soldados, quienes además habían sufrido los recortes del gasto militar. La tragedia no se hizo esperar. En un campamento se produjo un motín entre las legiones que concluyó en derramamiento de sangre imperial. Alejandro Severo y su madre fueron asesinados, y las tropas proclamaron a Maximino el Tracio como nuevo emperador. Alejandro tan solo tenía 26 años, y tras de sí dejó una experiencia a meditar: ¿vivir a la altura de tus ideales o sucumbir a las presiones de los vicios y la corrupción del hombre?



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