Templos sonrientes

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Hoy tengo para ti la historia de un hombre contra reloj. Conoce al rey que le dio sonrisas a su pueblo.


Templo de Bayón en Angkor Thom


Jayavarman VII, hasta hace poco reconocido, fue uno de los reyes más industriosos del imperio jemer de Angkor (actual Camboya). Este multifacético monarca expandió el imperio a su mayor extensión y fue responsable de una de las obras más importantes que cualquier monarca haya logrado.


Nacido de la familia real, el aún príncipe Jayavarman se casó con una princesa llamada Jayarajadevi; una mujer piadosa que influyó en su religiosidad y en la comprensión de su misión real. Lamentablemente, al poco tiempo enviudó y optó por casarse con la hermana mayor de su primera esposa, Indradevi, una reconocida maestra budista. Sabemos poco de la juventud de Jayavarman, salvo que alrededor de los 40 años se instaló en el reino vecino de Champa (actual Vietnam). Cuando su padre murió, Jayavarman no pudo regresar a Angkor y el trono pasó a su hermano Yasovarman II. Las revueltas sobre la sucesión legítima del trono no se hicieron esperar y cuando Jayavarman finalmente pudo regresar ya era demasiado tarde. Un rebelde llamado Tribhuvanadityavarman ya se había hecho del poder y asesinado a su hermano. Prudente, Jayavarman decidió permanecer en Angkor y esperar la oportunidad de reclamar su derecho real. Tuvo que esperar más de diez años para que una invasión derrocara al usurpador y Angkor quedara saqueado y sujeto al dominio extranjero de los Cham. La única esperanza del pueblo jemer recaía ahora sobre Jayavarman, quien tras cinco años de guerra expulsó a los invasores y estableció su hegemonía frente a otros rivales políticos.


Tras una espera de más de medio siglo, en 1181, fue coronado rey del imperio jemer a los 61 años. Ese inicio tardío desencadenó una carrera por recuperar el tiempo perdido y mostrar todas las caras que pudiera dar un monarca completo. Su primera cara fue la militar. Jayavarman continuó las conquistas, llegando a controlar el sur del actual Laos y partes de la península malaya y Birmania. Su segunda cara fue religiosa. Dedicó toda su vida a proyectos de construcción religiosa y cultural. Inspirado por su primera esposa y motivado por las enseñanzas budistas de su segunda, construyó una enorme cantidad de templos nuevos, dentro de los cuales se incluye el Bayón. Este templo repleto de caras labradas en las paredes de sus torres se convirtió en un lugar de culto real y un mausoleo personal. Construyó dos templos dedicados a sus padres y templos provinciales, reconstruyó la ciudad de Angkor, renombrada como Angkor Thom, y reconstruyó y extendió las carreteras de su imperio hasta las provincias. Instaló casas de huéspedes a lo largo de los caminos y construyó más de cien hospitales por todo su territorio.


Obsesionado por la construcción rápida, hoy se percibe en sus templos la urgencia por hacer todo lo que pudiera en los pocos años que aún sentía poder vivir. Tenía que usar el tiempo al máximo. Gracias al impulso de sus amores, Jayavarman llevó a cabo un vasto programa de reconstrucción para transmitir las enseñanzas budistas y el estado de bienestar que con ellas se dispersaba por el imperio. Jayavarman logró durante su vida crear un legado que pocos monarcas de la historia mundial han podido igualar. La última sonrisa del rey fue a los 90 años, satisfecho con lo logrado.


Este anciano fue olvidado y la cara que dio a su pueblo se cubrió por el follaje del tiempo, tal y como las raíces encerraron las ruinas de su imperio. Por fortuna, gracias a la arqueología, el reinado de Jayavarman VII resurgió por mérito propio, convirtiéndolo en un héroe nacional camboyano. No sólo fue un rey que estableció la grandeza total de su nación, sino que también instauró un estado de bienestar motivado a atender las necesidades físicas y espirituales de su pueblo.


¿Conoces otra historia en la que la bondad corra contra el reloj? ¿De qué manera aprovechas el tiempo que el follaje te va quitando?


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