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Especial de Al-Andalus. ¡Arre Babieca!

Actualizado: 23 de ago de 2020

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea

“Una gran hora el Rey pensó y meditó: Yo eché de tierra al buen Campeador, y, haciéndo yo a él mal y él a mí gran pro…” (Cantar del Mio Cid)

Ciertamente mito y leyenda giran alrededor de la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, para muchos mejor conocido como El Cid Campeador; sin embargo, nada puede contradecir su relevancia en tiempos de gran convulsión, no solo sociopolítica, sino incluso civilizatoria. Heredera del Califato Omeya de Damasco por Abderramán I (731-788 d.C), quien sobrevivió a un ataque concertado por la dinastía califal de los abasidas en contra de su familia, Al-Ándalus pasó de ser una provincia o valiato ligada a Bagdad a ser un emirato independiente, gobernado por uno de los últimos sobrevivientes de la dinastía omeya.


Con el transcurrir del tiempo Al-Ándalus pasó de ser un emirato a volverse el tan afamado Califato de Córdoba, el cual vivió una verdadera época dorada y de embellecimiento bajo el linaje de Abderramán I, hasta su súbita disolución por una gran fitna (فتنة) o guerra civil que en 1009 d.C propició el auge de diversos taifas (طائفة) o reinos musulmanes en la península ibérica; conformando así el complejo contexto cristiano-musulmán que vio nacer a la heroica figura de Díaz de Vivar.


Huérfano desde muy temprana edad, Rodrigo fue educado junto al infante Sancho, hijo del rey cristiano Fernando I de Castilla y León. Tras la muerte del rey Fernando I, su hijo subió al trono como Sancho II de Castilla y nombró a su compañero de infancia, Rodrigo, alférez (الفارس-caballero) o jefe de las tropas reales. En calidad de jefe militar, Díaz de Vivar participó en la guerra que enfrentó al rey Sancho frente a su hermano Alfonso VI de León; no obstante, contra todo esfuerzo, al morir Sancho en el 1072 d.C, las coronas de Castilla y León se reunieron en la figura de Alfonso, y éste, reconociendo el valor de los servicios de un fiero caballero, concedió la mano de su sobrina a Rodrigo, quien al poco tiempo fue desterrado por una inoportuna expedición a tierras toledanas que, sin el permiso real, pusieron en peligro las negociaciones para obtener Toledo de manos de la taifa Banu Dil-Nun (ﺑﻨﻮ ذي اﻟﻨﻭﻦ).


Acompañado por sus hombres y su sobrenombre ganado en batalla, el Campeador, Díaz de Vivar comenzó a ganarse la vida ofreciendo sus servicios a condes y reyes, entre ellos al rey al-Muqtadir de Zaragoza, quien mantenía una lucha contra su hermano, el rey al-Mundir de Lérida, Tortosa y Denia; este último en alianza con los condes de Barcelona y el soberano de Aragón. Hacia el 1084 y contra todo pronóstico, Rodrigo no solo venció a Barcelona y Aragón, sino que también ganó un sobrenombre que ensalzaría aún más su figura: Cid (سيد o señor).


Apodado tanto por cristianos como musulmanes, el Cid Campeador fungió como un vínculo entre dos mundos coexistentes en una misma península y que, a su vez, fueron testigos del liderazgo y el arrojo militar de Rodrigo, la fidelidad y el brío de Babieca, su corcel, así como de los peligros de Tizona y Colada, espadas que hacían rendir a soberanos y nobles como a hombres de a pie.


¿Y a nosotros, qué nos vincula con otros mundos?

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Taifas de la península ibérica 1080. Fuente: Wikipedia, Primeros reinos de Taifas.


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