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El año sin verano

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


Erupción volcánica - Anónimo


Un estruendo jamás escuchado aturdió a la población de la isla de Sumbawa y a toda Indonesia. En sus oídos no dejaba de retumbar la fuerza de mil truenos, y el cielo sobre sus cabezas se obscureció por completo. El sol había dejado de brillar, y el volcán Tambora escupía lava y cenizas por doquier. El temor invadió la atmósfera. Una columna de gas se elevó a más de 40 kilómetros de altura y generó una cantidad impresionante de material piroclástico que arrasó con los poblados cercanos y causó la muerte de más de 10,000 personas; sin mencionar, el frío invierno que se abalanzó sobre América del Norte y Europa, como efecto de esta catástrofe natural. El suceso pasaría a la historia como: “el año sin verano”.



El impacto de la erupción se sintió en todo el mundo. El Tamboara provocó un enfriamiento global en pleno siglo XIX, lo que, a su vez, se tradujo en la falta de alimentos, ocasionando grandes hambrunas, descontentos y agitaciones sociales. Como resultado, las migraciones por sobrevivencia y búsqueda de empleo no se hicieron esperar. A su vez, las malas cosechas generadas por un invierno prolongado afectaron los mercados de alimentos y los precios se dispararon. Los costos de transporte también aumentaron y la economía en general se vio afectada. Sin embargo, frente a estos aires de desesperanza que aquejaron a la humanidad, el espíritu prevaleció.




Ciertamente, el fenómeno natural se introdujo en la conciencia europea como “La Pequeña Edad de Hielo”, pero también resaltó en el ámbito cultural. Después de todo, el Tambora no pasó desapercibido para el romanticismo, movimiento que buscaba una conexión más cercana con la naturaleza.




Por ejemplo, fue en el “año sin verano” cuando varios intelectuales que descansaban en la Villa Diodati, una mansión cerca de Ginebra, hastiados por el mal tiempo que les impedía salir de la mansión, concibieron las ideas para las novelas Frankenstein y El vampiro, ésta última sirviendo más tarde a Bram Stoker para escribir su célebre obra de terror: Drácula. Asimismo, la erupción de este distante volcán también tuvo un impacto fundamental en la poesía de Lord Byron, reflejado sobre todo en su poema “Darkness” de 1816, donde medita sobre la naturaleza de la vida, la muerte y la existencia humana. Byron describía una tierra desolada por un sol extinguido y una espesa obscuridad; sin embargo, fue el pintor William Turner, quien recordó a su generación ver el encanto de una situación desagradable, no por nada decidió plasmar en sus pinturas los espectaculares atardeceres que el entorno ofrecía, fruto de los altos niveles de ceniza en la atmósfera. Siempre hay belleza para aquel que sabe cómo mirar.


¿Y tú qué opinas de la visión que Turner nos presenta?

El último viaje del «Temerario» (1839) - William Turner / El doctor Frankestein y su criatura (escena del siglo XX) / Villa Diodati, una mansión ubicada en Cologny, Suiza, cerca del lago de Ginebra.



 


Aprende más:

Nuestro libro recomendado es - Turner Watercolours por David Blayney Brown


Fuentes:

Imágenes

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