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El hombre que no terminó

Actualizado: 22 de ago de 2020

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Entra y deja que te presente el trabajo de un visionario. Una década antes que los tres grandes muralistas mexicanos ―Rivera, Orozco y Siqueiros― adquirieran renombre mundial, un pintor estaba sentando las bases del movimiento muralista desde un concepto de arte totalmente mexicano.



Esta obra llamada «Coatlicue transformada» es el panel central de un tríptico llamado «Nuestros Dioses» del pintor mexicano Saturnino Herrán. Este pintor abrió el camino no sólo para los muralistas sino para todos los nacionalistas que contribuyeron a crear una conciencia de pueblo mexicano moderno.



Dibujante y pintor extraordinario, Herrán fue el primero en cerrar la brecha entre las dos culturas de México: la precolombina y la hispana. Nacido en Aguascalientes en 1887, a los dieciséis años se mudó junto con su familia a la Ciudad de México. Su padre murió poco después y lo dejó como único sostén de su madre. Consiguió un trabajo en la oficina de telégrafos, mientras que en las noches estudió arte en la Academia de San Carlos.



Al mismo tiempo que abrazó las influencias europeas contemporáneas que le enseñaban, se interesó en la obra de su propia cultura: los pueblos indígenas. Para 1909 comenzaba a ser reconocido y se convirtió en profesor de dibujo en la Academia. El punto crucial de su carrera sucedió en 1910 en el Centenario de la Independencia de México. Como parte de las celebraciones había una exposición de pintura española, pero ninguna de arte mexicano. Herrán, junto con Orozco, organizaron una contraexposición. El proyecto fue todo un éxito y el público en general pudo ver por primera vez el tríptico de Herrán titulado «Leyenda de los volcanes». A partir de ahí su deseo de asimilar la historia e identidad mexicana se volvió el eje rector de su obra.



El trabajo de Herrán no fue una ruptura con la tradición, sino una transición suave hacia una conciencia de identidad nueva. México era una sociedad mixta que encarnaba dos formas de mirar el mundo. Él le dio una forma tangible a esa simbiosis por medio de pinturas de gran formato de indios mexicanos dotados de heroicidad y dignidad alejadas de los cánones grecorromanos y dotados de realismo social.



Lamentablemente murió en 1918, a los 31 años, dejando sin terminar el tríptico «Nuestros Dioses», una obra maestra que entendía el alma del pueblo mexicano. Herrán no pudo liderar el movimiento que inició y nos deja preguntándonos qué habría sido del muralismo mexicano si él hubiera dictado la estética a seguir.



Hay artistas, como Herrán, que han utilizado su arte para unir pensamientos distintos y formar una única identidad en servicio de la sociedad. ¿Qué podemos aprender de ellos en un mundo cada vez más dividido? ¿De qué manera el arte y la filosofía se ponen al servicio de la sociedad para generar los cambios necesarios de una manera pacífica?


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El de San Luis, 1918



Bugambilias, 1911

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