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La astilla testaruda

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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Hoy traigo para ti la historia de la hija que le sacó canas a uno de los artistas más famosos. Conoce su historia:


Escena nocturna en la yoshiwara - Ōi Katsushika


«¡Ōi! ¡Ōi!» acostumbraba Hokusai a gritarle a su hija Eijo a través del taller de grabado para obtener su atención. Ella le contestaba en un tono irreverente y cariñoso, como sólo se permite en una entrañable relación padre hija, «Ōi, ōi, oyaji dono», «¿qué pasa, viejo». Esta costumbre encapsulada del día a día de estos dos artistas nos deja ver el trato tierno que tenían y que inspiró a Eijo cuando decidió cambiar su nombre a Ōi Katsushika. Una manera de molestar a su padre con todo el amor del mundo. Seguro que Hokusai sólo movió la cabeza a los lados y en silencio apuntó los ojos al cielo ante el detalle.


Eijo fue la primera hija de la segunda esposa del maestro del grabado japonés, Katsushika Hokusai. Como sus hermanas mayores, Mijo y Tatsu, creció en el estudio de pintura. Como era tradición, ellas ayudaron en el negocio hasta que se casaron; suficiente tiempo para aprender el oficio. Eijo se convirtió en una excelente dibujante de cortesanas, pero tuvo que dejarlo a los veinte años cuando se casó con Tsutsumi Tōmei, un comerciante convertido en artista. El matrimonio duró tres años pues Eijo tenía opiniones muy duras sobre el arte de su esposo, después de todo ella no sólo tenía la habilidad sino que había tenido al mejor maestro. Divorciada y orgullosa, volvió al estudio de su padre para retomar el pincel. Para Hokusai la noticia fue todo lo contrario a devastadora. Para cuando Eijo volvió, Mijo y Tatsu habían muerto, él estaba cumpliendo sesenta años y aunque su pintura sólo mejoraba, su cuerpo no le seguía el ritmo. Volver a tener a Eijo en casa fue una bendición.



Cambiar de nombre con el paso del tiempo era común entre los pintores japoneses. Hokusai mismo tuvo varios, pero en aquella época se presentaba con el nombre Iitsu. Ahí fue cuando la hija impertinente decidió cambiar el suyo a Ōi. Sabía que un poco de frescura audaz le vendría bien a su padre. Los dos se dedicaron a trabajar sin descanso. La casa pronto se volvió un desastre de materiales empolvados y utensilios sueltos. Vivían y respiraban su arte sin importar el desorden o que la comida preparada que compraban no fuera la mejor. Tenían la necesidad de crear y nada podía ser más importante. Él sólo descansaba cuando se quedaba dormido sobre un dibujo y ella cuando fumaba una pipa larga. Ōi cuidó de su padre durante todo ese periodo, incluso cuando la mano experta ya temblaba del cansancio.


Operando en el brazo de Guanyu - Ōi Katsushika



Es natural que en la actualidad surja la pregunta, ¿Ōi está detrás de algunas obras bajo el nombre de Hokusai? Realmente nunca lo sabremos con certeza. No hay duda que era reconocida como una artista consumada en su época por sus propios méritos. El mismo Hokusai reconocía su superioridad para pintar mujeres. Sin embargo, son pocas las obras que llevan su firma. Una lástima, porque en ellas vemos una habilidad estética inusitada. En algunas vemos horror surrealista, como su pintura sobre un general recibiendo una sangradura para drenar el veneno de una flecha mientras se entretiene jugando Go —pintada sobre seda y con colores brillantes, signo inequívoco de un encargo bien remunerado—. En otras vemos composiciones íntimas, como en la obra que encabeza este artículo, una verdadera muestra de habilidad con el color y la composición.


Aunque es una pena que no conozcamos muchas más de sus pinturas, no hay duda que todo el tiempo que pasó cuidando a su padre también lo pasó creando arte. Es innegable que ninguno de los dos, ni Hokusai ni Ōi, puede separarse hoy. Más allá de quién hizo qué —sin restar mérito a los impactantes logros de cada uno— esta no es una historia de adjudicación, sino de cariño. Hokusai murió a los 88 años en 1849 y Ōi estuvo con él hasta el último aliento. Retraída por los años de compañía y trabajo, se mudó de Edo y se alejó del resto de la familia. Se refugió en su pintura en el pueblo costero de Kanazawa. Nunca dejó de crear, después de todo así siguió viviendo con su padre hasta morir a los 66 años. De ese palo salió una astilla muy testaruda.


Tapa de regalo – Flores por Ōi Katsushika centro por Hokusai Katsushika



¿Conoces a más artistas que deban revalorarse con el debido enfoque a la vida que llevaron y la época que vivieron? ¿A quién crees que no se le haya dado la suficiente atención?


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Fuentes:



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