Especial -Raíces de Occidente: Jerusalén

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea



Actualmente, la civilización occidental podría parecernos bastante familiar, incluso podríamos asemejarla a un miembro de la familia o amigo cercano que si no fuese por su ausencia o nuestra distancia no reconoceríamos su entrañable valor; un paralelismo muy próximo a la crisis identitaria que hoy sufre Occidente por una exposición internacional que, si bien le ha beneficiado, también ha confrontado su identidad.


Bienvenido a este especial de Compass. Guiándote por la Historia, donde a manera de un viaje civilizatorio ahondaremos en las raíces que dieron y dan vida a Occidente, tercera parada: Jerusalén. [Conoce la segunda parada haciendo clic aquí]


Santo Sepulcro de Jerusalén


La imagen nos muestra lo que ampliamente se reconoce como el Santo Sepulcro, o en otras palabras, el lugar histórico donde Cristo fue sepultado y resucitó; un lugar y un hecho bíblico que fungió como punto de inflexión civilizatorio y que aún puede palparse en la ciudad vieja de Jerusalén, un centro cultural cuya cosmovisión nutrió a Occidente de una religiosidad monoteísta y de las riquezas espirituales judeo-cristianas que permean hasta nuestros días.



En un principio el cristianismo primitivo era en muchos aspectos un judaísmo “universalizado”, como llegó a describir el teólogo alemán Gerd Theissen. Ahora bien, la gran diferencia sobrevino en dos axiomas fundamentales del judaísmo. Por un lado el judaísmo sostiene ser el pueblo elegido por Dios como distinción anterior a su compromiso con la ley, y considera a la ley no como medio para construir la alianza con Dios sino para mantenerla. Mientras que, por el otro, el cristianismo primitivo mantuvo el axioma básico común del monoteísmo pero atenuó la ley y acentuó la fe en un único redentor como medio de salvación no para un pueblo sino para todos los seres humanos.



Con el tiempo y esta marcada diferencia, el cristianismo siguió su propia senda como religión distinta al judaísmo, desligándose del Templo de Jerusalén y abriéndo una senda de salvación universal que se difundió por todo el Mediterráneo y el mundo helénico gracias a Pablo de Tarso, un judío fariseo, persecutor de cristianos, que se convirtió repentinamente al cristianismo y predicó activamente más allá de Israel.



El mensaje cristiano que se difundía era por naturaleza novedoso, y más aún en un mundo antiguo donde pensar en la dignidad y el valor espiritual de los pobres, los débiles y todo segregado social o esclavo era algo inconcebible; el cristianismo, en pocas palabras, resignificaba las realidades sociales y afirmaba que sufrir era noble, incluso glorioso, si uno lo ofrecía a Dios por el hermano, tal y como Cristo lo hizo por la humanidad. Esto podía verse en el inquebrantable carácter que varios cristianos demostraron en la antigua Roma, donde se llegaron a vender como esclavos para poder pagar las fianzas de sus correligionarios arrestados, encontrando un sentido trascendental en sus vidas a través del otro.



La expansión del cristianismo por el Imperio Romano pasó por dos fases de asimilación, una mediante el Edicto de Milán de Constantino I (313 d.C) que propició la tolerancia religiosa a los cristianos, y una segunda fase que le asignó el carácter de religión oficial del Imperio romano mediante el Edicto de Tesalónica de Teodosio I (380 d.C). A una posición más segura frente a las autoridades romanas y bizantinas, podemos añadir el fortalecimiento de las estructuras eclesiales, la homogeneización de un sistema teológico, la determinación de los elementos centrales de la práctica religiosa y la consolidación del canon de escrituras del Nuevo Testamento.


Busto de Constantino I


Una de las consecuencias más importantes, tanto del Antiguo Testamento (las escrituras sagradas judías), como del Nuevo Testamento (las escrituras sagradas cristianas), es que ambos se posicionaron como pilares fundamentales del espíritu y la esencia de Occidente junto con la tradición filosófica greco-latina. A mi parecer, el pasaje neotestamentario que mejor podría detallarnos el perfil espiritual de Occidente se encuentra en Mateo 5:3-12, también conocido como el Sermón de la Montaña o el pasaje de la Bienaventuranzas, pues aquí se concentra una verdad que sostiene el pensamiento occidental: la dignidad humana.



En las Bienaventuranzas, el evangelista Mateo recuenta una serie de sentencias de Jesús que concentran sus enseñanzas espirituales sobre compasión, amor y humildad. En ellas, y en su construcción paradójica donde el sufriente puede alcanzar la dicha, el entendimiento humano sobre su relación con lo divino se transforma, comprendiendo que en Dios hay cabida para todos no importando nuestra condición o estado, y reconociéndonos iguales bajo la dignidad de hijos de un mismo Padre Celestial.



Esta transformación de conciencia y autopercepción frente a lo divino en Occidente, arrojó sobre todos lo seres humanos un valor y una dignidad innatos, en otras palabras, la base intelectual fundamental de los derechos humanos modernos, aquellos que al mismo tiempo articulan las herencias democrática ateniense y republicana romana con el ejercicio de la libertad individual; construyendo desde tres cosmovisiones distintas, Atenas, Roma y Jerusalén, el entramado político, social, cultural y espiritual de una de las civilizaciones más relavantes del mundo contemporáneo: Occidente.



Y tú ¿hasta dónde podrías remontar tus raíces espirituales? Finalmente la espiritualidad también es una manera de movernos en el mundo e interactuar con el otro.



Con esto concluye el especial “Raíces de Occidente”, esperamos lo hayas disfrutado. Para leer las demás entregas de este especial puedes acceder a ellas haciendo click en:


El sermón de la montaña, Carl Bloch (1877)


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