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Jueves con el emperador analfabeta

Actualizado: 23 de ago de 2020

Autor: Guillermo Beguerisse Hormaechea


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¿Nadie te ha seguido? ¿Seguro? … Pasa, toma asiento. ¿Qué opinas de esta miniatura? Es una historia de reyes y dioses.

[Akbar sobre un elefante. Biblioteca Nacional, París]


En 1582, el rey Felipe II de España recibió una carta procedente de un lejano reino incrustado en Asia Meridional.


Felipe II, quien llegó a ser Rey de España y sus posesiones en América, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos, duque de Borgoña y rey de Inglaterra e Irlanda iure uxoris, recibió de un tal Jalaluddin Muhammad una carta en la que le felicitaba por su ascenso al trono, le extendía su interés por relacionarse intelectualmente y le exhortaba a liberarse de las cadenas de la tradición religiosa. ¡Imagínate! Decirle al principal defensor de la contrarreforma, guardián de la religión católica y promotor del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, ¡que se liberara de las cadenas de la tradición religiosa! ¿Quién era este tal Jalaluddin y por qué le escribía con tanta confianza a uno de los reyes más grandes? Pues justamente era esto, uno de los grandes.


Jalaluddin Muhammad, llamado Akbar (“el grande”, en árabe), fue un emperador mogol. Los Mogoles fueron una dinastía de emperadores musulmanes persas descendientes del mongol Gengis Khan que controlaron gran parte del suroeste asiático durante más de tres siglos. Akbar gobernó de 1556 a 1605 un rico imperio que se extendía desde el norte de India, pasando por el actual Pakistán, hasta llegar a Kabul.


A pesar de ser analfabeto, esto no le impidió tener correspondencia con grandes mandatarios, tener una de las cortes más abiertas de la historia e impulsar el debate teológico entre las principales religiones de su imperio, buscando lograr un entendimiento. Hindúes, zoroastrianos, budistas, jainistas, musulmanes chiíes, suníes y sufíes, e incluso cristianos, convivían en paz y en libertad religiosa bajo su reinado. Incluso se cuenta que todos los jueves reunía a miembros de estas religiones para discutir y tener distintas perspectivas para gobernar. En esta miniatura lo vemos montado sobre un elefante, acompañado por una procesión de miembros de su variada corte.


Aunque se asumía que él era musulmán, nunca se comprobó y él mismo decía que ninguna de las religiones le convencía realmente. Sin embargo, sí estaba convencido de que para mantener un imperio tan complejo debía contar con el apoyo de todos sus habitantes y respetar sus tradiciones.¿Qué podría haber aprendido Felipe II y sus colegas monarcas europeos de este emperador tan abierto a la libertad religiosa? ¿Hoy en día es posible mantener una nación sin una serie de creencias compartidas? De no ser así, ¿la religión debe ser una de estas creencias?


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