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Padres del desierto

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


Después de la última y más sangrienta persecución de cristianos desencadenada en tiempos de Diocleciano, el Edicto de Milán (313 d.C) legalizó finalmente la fe cristiana a lo largo del Imperio Romano; lo que a su vez obligó el replanteamiento del martirio y su sentido religioso. Del griego mártys (μάρτυς) o testigo, ser mártir significa testificar la fe y la creencia en Dios a través de la muerte por Él, lo que en tiempos de persecución se materializaba en ceder la vida por Cristo; sin embargo, al no contar ya con un verdugo, varios hombres y mujeres de Egipto y Palestina decidieron buscar un equivalente dedicando sus vidas por completo a Dios en el desierto.

Del arameo “abba” (padre) y “amma” (madre), los padres y las madres del desierto fueron las primeras figuras monacales en el cristianismo, pues llevaban una vida bautismal despojada de cualquier aditamento. Resultante de aquella búsqueda por Dios en la humildad y el silencio del desierto, ha llegado hasta nuestros días el Apophthegmata Patrum una colección de dichos que destaca las lecciones de San Antonio Abad y Sinclética de Alejandría, entre otros.

San Antonio Abad era un hijo de acaudalados campesinos egipcios que halló una comprensión de Dios en el abandono de sus apegos y, tras dejarlo todo, buscó vivir el ascetismo en el desierto. Su fama fue tal que varios se le unieron con el tiempo, llegando a conformar comunidades de oración y trabajo (ora et labore) que lograran conciliar el ideal de vida solitaria con dirección monástica; sin saberlo, en pleno siglo IV d.C., se estaban gestando las bases monacales del medievo occidental, mismas que permitirían la conservación y generación de conocimiento.

Entre los seguidores de este estilo de vida podemos mencionar también a una mujer, hija de una prominente familia de Alejandría que, siguiendo el ejemplo de San Antonio Abad, decidió dejarlo todo e incursionarse en el desierto para practicar la austeridad y vivir cercana a Dios; su nombre: Sinclética de Alejandría. Su sabiduría fue tal que, ganándose un lugar en el Apophthegmata Patrum, es recordada por su gran capacidad de discernimiento, una capacidad que con tan solo observar era capaz de percibir si una persona se encontraba lista para abrazar una vida monástica y de renuncia.

Estos hombres y mujeres encontraron en el desierto una manera de ejercitar (asceta/ascesis/ askéin [ἄσκη]) sus virtudes, renunciando a ser consumidos por deseos desordenados o por el miedo a la pérdida. Al mismo tiempo, reconocieron la oportunidad de pensar sobre lo que tenían, lo que tenían oportunidad de poseer y lo que deseaban verdaderamente tener, buscando alinear sus prioridades a sus creencias.

Y nosotros ¿qué desiertos encontramos para, en el silencio, discernir?


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Sinclética de Alejandría y San Antonio Abad


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