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Quetzalcóatl se traduce al italiano

Actualizado: 23 de ago de 2020

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea

La inmersión cultural es un fenómeno de dos sentidos que cambia a quienes la viven e incluso se expande a terceros.


Hacia el siglo XVI, y una vez concluida la conquista de México por Hernán Cortés, no pasó mucho tiempo para que las instituciones españolas se asentaran en la Nueva España y con ello todo un sistema de organización social que habría de incorporar una nueva e importante variable: los indígenas. Los abusos vividos por la población nativa durante regímenes teocrático-militares mesoamericanos y aquellos sufridos durante los primeros años después de la conquista, exagerados aún más por la propaganda antiespañola de ingleses y holandeses conocida como la Leyenda Negra, nublan nuestra visión de las bellezas de una civilización precolombina, así como la inigualable gestación de una cultura novohispana a la que tanto le debemos.


Con la llegada de las primeras misiones evangelizadoras a México, la aproximación a los usos y costumbres indígenas cambió de un rechazo a un intento de comprensión. Fue gracias a la figura del fraile franciscano Bernardo de Sahagún y su diálogo intercultural con ancianos y estudiantes nahuas del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, que pudo salvarse parte de la cosmovisión azteca y con ello nutrir el pensar peninsular.


A dieciocho años de su llegada al continente americano en 1529, Sahagún inició con sus interlocutores nahuas la elaboración de un libro conocido como Historia General de las Cosas de Nueva España. En este libro Sahagún reconoció varios aspectos de refinamiento dentro de la cultura indígena, incluyendo, sin realmente saberlo, un pensamiento que el recién fallecido Dr. Miguel León Portilla llegó a equiparar digno de los primeros presocráticos. La información recopilada por el fraile franciscano provenía de hombres llamados tlamatinimeh o “conocedores de cosas”, y eran ellos quienes tenían a su cargo el desarrollo humano de sus estudiantes; en otras palabras, entendían su labor como proveer de un “rostro” y un tlamatini, o corazón, al hombre, e invitar a cada uno a reconocerse frente al otro.


Estos hombres sabios, a los que Sahagún precisamente se refirió como philosophos, eran herederos de un carácter genuinamente humanista que se desarrolló en las esferas intelectuales de la nobleza azteca y sus aliados, resaltando en ella Nezahualcóyotl, el “Rey Poeta” de la ciudad-estado aliada de Texcoco. Nezahualcóyotl, además de gobernante, despertó en si mismo un auténtico interés por la transitoriedad del hombre en la tierra, lo que le llevó, como a Sócrates en su momento, a pensar en la idea de un Dios único u Ometeotl.


Una vez finalizada la obra recopilada y construida bajo la dirección del fraile franciscano, varias inquietudes se despertaron en la corona española, particularmente en el rey español Felipe II, quien exigió incautar la obra y evitar su publicación. Felipe II pensaba que el rescate del pensar nahuatl podía dañar el proceso colonial, no obstante, la obra fue traslada y protegida por el clero eclesiástico. En manos del comisario general de la orden franciscana para la Nueva España, Rodrigo de Sequera, la Historia General de las Cosas de Nueva España llegó a la península ibérica para allí pasar tan solo unos brevísimos años antes de incorporarse al inventario del cardenal florentino Ferdinando I de Medici, quien ya en Italia coordinó la traducción de las 2468 imágenes descritas en lengua nahuatl latinizada, al italiano vulgar. Desde entonces, el cuidado que ha dado la cuidad de Florencia a estos códices, han hecho merecedora de nombrar a la obra: Códice Florentino.


Y nosotros ¿cómo protegemos aquello que culturalmente nos ha sido regalado o confiado? ¿qué rostro y corazón forjamos para entender al otro, y con base a qué o quién los forjamos?


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[Página ilustrada y escrita en náhuatl con abecedario latino perteneciente al Códice Florentino]




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