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Legitimando un Imperio

Autor: Fermín Beguerisse Hormaechea


Desde tiempos inmemorables el ser humano ha utilizado símbolos para comunicarse, logrando resguardar en ellos cierto poder gracias a las ideas que representan. Como bien existe una simbología sacra que podría resguardar un significado divino, tal y como sucede con la estrella de David en el judaísmo, la cruz en el cristianismo o la luna creciente y la estrella en el islam; así también el ámbito laico posee símbolos que resguardan significados memorables, y que cuentan con la capacidad de rodear a una institución o a una persona de un aura solemne incluso heroica.



Con la muerte de Robespierre en 1794 y una nueva Constitución en 1795, la Convención que gobernaba Francia fue disuelta y remplazada por una nueva organización política donde el poder ejecutivo recaía en un Directorio conformado por cinco “directores”. Sin embargo, este gobierno duraría poco, pues un joven general volvía de Egipto para hacerse del poder, su nombre: Napoleón Bonaparte. El 18 de brumario del año VIII (9 de noviembre de 1799) Napoleón llevó acabo un golpe de Estado para dar fin al Directorio e instaurar un Consulado. El joven general, siempre inspirado por la grandeza de la antigua Roma, estableció un poder ejecutivo integrado por tres cónsules y que habría de durar hasta la instauración de su propio Imperio en 1804.



La transición de un Consulado a un Imperio no fue sencilla, y mucho menos lo fue diseñar una legitimidad histórica para la nueva casa reinante de los Bonaparte, pues se debía crear un aura imperial cuyo simbolismo no estuviese ligado al antiguo régimen monárquico pre-revolucionario. Durante los primeros días de gobierno del emperador, una de las tareas más importantes fue justamente la creación del escudo imperial, pues éste, a partir de sus elementos constitutivos, llenaría de significado al ámbito laico de un periodo que recién iniciaba.



El escudo imperial napoleónico consta de siete elementos principales: el águila imperial, la abeja, la cadena de la Legión de Honor, la mano de la justicia y el cetro, así como la corona y el manto imperial.



A manera de distintivo principal, el águila imperial romana fue fusionada con elementos del águila carolingia, para con ambos forjar un símbolo que nutriera al Primer Imperio Francés de una semejanza con la gloria del Imperio Romano y la grandeza del rey Carlomagno. Siguiendo en importancia al águila napoleónica, resalta la abeja como un símbolo sustituto a la flor de lis del linaje real pre-revolucionario y que al mismo tiempo aludía a los orígenes mismos de Francia; en 1653 la abeja dorada fue descubierta en la tumba de Childerico I (458-481 d.C), miembro de la dinastía merovingia y considerada por algunos historiadores como la primera dinastía de la realeza franca.



Asimismo, tomando su nombre de la antigua Roma, la cadena de la Legión de Honor servía en Francia como una máxima condecoración para los servicios militares y civiles imperiales. Este símbolo estaba compuesto de una cadena de oro formada por 16 trofeos unidos mediante águilas que portaban la cinta y la cruz de la orden en el cuello. Aunado a lo anterior, la cadena se encontraba bordeada en ambos lados por una pequeña cadena que alternaba estrellas y abejas, hasta alcanzar una N napoleónica como motivo central del cual se desprendía un medallón con la cruz de la Legión de Honor, una cruz semejante a una estrella de cinco puntas en esmalte blanco, en cuyo centro se encontraba el perfil coronado de laurel del emperador y que al mismo tiempo era adornada por la corona imperial.



Sumando al escudo del emperador Bonaparte, una mano de la justicia y un cetro carolingios son utilizados como representaciones legítimas de un poder heredado. Ambos elementos juegan parte de un todo que es igualmente complementado por la corona y el manto imperial. Por un lado, la capa imperial que sirve de fondo y periferia para el escudo, es muy similar a la utilizada por los “Pares de Francia”, una distinción hereditaria dentro de la nobleza francesa que apareció en 1180, y que solo un pequeño número de individuos eran capaces de obtener, usualmente solo familiares y miembros de la casa real. Mientras que, por el otro lado, la corona se conforma de águilas con alas elevadas y que son rematadas por un globo que lleva a una cruz, sugiriendo un derecho divino confiado a un gobernante terrenal tal y como marcaba la tradición monárquica europea.



Finalmente, la simbología del escudo imperial napoleónico buscaba en su conjunto evocar un pasado legítimo y dorado para ser encarnado en la persona de Napoleón Bonaparte. El entonces emperador de Francia parecía tomar la responsabilidad de un “nuevo Carlomagno” que según la obra de Madame Genlis, Chevaliers du Cygne ou la cour de Charlemagne, era una figura muy anhelada por la política del momento.


Y tú, ¿reconoces símbolos que otorguen un sentido significativo a la realidad que te rodea?


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[Imagen 1-Napoleón volviendo de Elba/Imagen 2- Mapa del Primer Imperio Francés]


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